1. Tres en la terraza: una jubilada insaciable


    Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... pena.
    
    —¿Te ha tocado un entusiasta? —bromeo, siguiéndolo hasta el lavadero.
    
    Fabrice suelta una risa nerviosa mientras saca con cuidado el vestido blanco estampado con fresas y la peluca pelirroja que transforman a mi profesor jubilado en la espléndida Fresita.
    
    —Digamos que no medía sus... entusiasmos.
    
    Comienza a cargar la lavadora con meticulosidad, como si estuviera preparando un experimento científico. Típico de él, incluso después de lo que seguramente ha sido una cabalgata salvaje, mantiene ese aire de profesor distraído que me enamoró hace décadas.
    
    —Ve a ducharte —le sugiero, dándole una palmadita en el trasero que le hace dar un respingo—. Yo termino con esto.
    
    —Gracias, mi vida. Necesito agua caliente... mucha agua caliente.
    
    Mientras Fabrice desaparece en dirección al baño, me quedo mirando la peluca carmesí entre mis manos. Es suave, de buena calidad. Mi Fabrice nunca escatima cuando se trata de Fresita. Sonrío, pensando en lo absurdamente afortunada que soy. «Otras habrían hecho las maletas más rápido que un cohete al descubrir lo de Fresita, pero yo... yo veo en estas locuras su manera de ser él mismo y seguir poniendo color en su vida»
    
    El zumbido de la lavadora llena el silencio del apartamento. Me apoyo contra la encimera, dejando que mi mente vague hacia un tema recurrente en los últimos días: Vicente, nuestro vecino de la puerta de al lado.
    
    Vicente. Solo su nombre me provoca una sonrisa involuntaria y un cosquilleo en sitios que creía ...
    ... dormidos. Cincuenta y ocho años y una presencia que llena cualquier espacio sin necesidad de palabras. Cada vez que coincidimos en el ascensor, mi corazón da un vuelco como si tuviera dieciséis años, y mira que a mis sesenta y cuatro ya debería estar curada de espantos.
    
    Se mueve como si el tiempo no se atreviera a tocarlo, siempre impecable con esos trajes que parecen hechos para pecar: la camisa desabrochada lo justo para dejar entrever un pecho bronceado que me quita el sueño, esa cadena plateada con un colgante triangular que brilla sobre su piel como una invitación al pecado. Su pelo, oscuro y salpicado de canas, cae con un descuido tan estudiado que dan ganas de revolverlo, y esa barba perfectamente recortada... madre mía, esa barba que le da un aire entre elegante y salvaje que me hace fantasear como una colegiala.
    
    Nos hemos cruzado tantas veces —recogiendo el correo, en el ascensor, coincidiendo en el supermercado del barrio— que ya tenemos esa familiaridad cómoda de quienes comparten algo más que un rellano. Pero son sus ojos los que me desarman por completo: intensos, profundos, con esa mirada que parece decir «tengo historias que contarte si te atreves a preguntar». Y vaya si me atrevo. Cada vez que me mira así, siento un calor que me sube por el cuello y me baja por... bueno, por sitios que una señora decente no debería mencionar.
    
    ¡Y ese condenado pañuelo que siempre lleva en el bolsillo de la chaqueta! Como si necesitara más detalles para volverme loca. A ...
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