1. Tres en la terraza: una jubilada insaciable


    Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... veces pienso que debería estar prohibido por ley que un hombre de su edad esté tan bueno. Es como un vino que mejora con los años, y yo, que nunca he sido muy de beber, me estoy volviendo adicta solo de mirarlo.
    
    La última vez fue ayer, como casi todos los días, cuando ambos esperábamos el ascensor. Yo venía del gimnasio, sudada y con el pelo hecho un desastre, pero él me miró como si fuera la mujer más interesante del edificio.
    
    Y madre mía, cómo me miró. No es que una esté desesperada, pero después de cinco años de sequía desde que a Fabrice se le apagó la chispa ahí abajo, hasta el frutero me parece sugerente. Pero Vicente... ese hombre es otra historia. Tiene esa espalda ancha que te dan ganas de arañar y unas manos que, solo de imaginarlas recorriéndome, me entran sudores que no tienen nada que ver con el gimnasio.
    
    Lo que daría yo por un revolcón como Dios manda. Mi amiga Consuelo dice que a nuestra edad ya no se tiene hambre, pero yo le digo: «Consuelo, cariño, lo que no tienes es un vecino como el mío». Porque yo puedo estar en la tercera edad, pero mi libido sigue en la flor de la juventud, pidiendo guerra. Y ese Vicente, con su sonrisa de lobo y su forma de mirarme el escote cuando cree que no me doy cuenta... madre mía, me pone a cien por hora. Como diría mi madre: «Ese hombre es un pecado con patas». Y yo, que llevo tanto tiempo en el purgatorio matrimonial, estoy más que lista para pecar un poquito.
    
    —¿Día duro en el gimnasio? —me preguntó con ...
    ... esa sonrisa que le arruga los ojos de una forma que debería ser ilegal a su edad.
    
    —Mi romance con el sudor continúa —respondí, secándome la frente con la toalla—. A estas alturas, las máquinas de pesas ya deberían invitarme a cenar.
    
    Su risa resonó en el pequeño espacio del ascensor, profunda y cálida como una caricia.
    
    —Si las máquinas no se animan, siempre puedes probar con los humanos —dijo, con un brillo travieso en la mirada—. Algunos, como nosotros, mejoramos con la edad, como el vino.
    
    Sentí un calor que no tenía nada que ver con mi sesión de ejercicio.
    
    —¿Me estás comparando con, no sé, un Burdeos del 2010? —respondí, arqueando una ceja y dejando que mi toalla se deslizara «accidentalmente» por mi escote.
    
    Vicente me miró con una expresión de extrañeza divertida, como si acabara de decir algo completamente inesperado.
    
    —¿Burdeos? —repitió, con una sonrisa que se ensanchaba por momentos.
    
    Me eché a reír, sacudiendo la cabeza.
    
    —¡No me hagas caso! De vinos no tengo ni idea —confesé, sin una pizca de vergüenza—. Es lo que leí en una revista mientras esperaba mi turno en la peluquería la semana pasada. Por favor, no me preguntes nada más o quedaré fatal.
    
    —Más bien con un champán —contraatacó, siguiendo el movimiento de la toalla con una mirada que no intentó disimular—. Burbujeante, refrescante y... —hizo una pausa deliberada— perfecta para celebraciones especiales.
    
    El ascensor se detuvo en nuestro piso, pero ninguno de los dos se movió ...
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