1. La finca.


    Fecha: 01/09/2026, Categorías: Zoofilia Autor: Juan Alberto, Fuente: SexoSinTabues30

    ... rasguños, sino por la dilatación forzosa a la que había sido sometido su estrecho ano. Kaiser se había logrado girar y ahora estaban pegados culo con culo. El perro gimiendo, tiraba hacia su parte avanzando a ligeros saltitos y Eva venía arrastrada como de rebote. Pudiera haber parecido jocoso, pero una cosa muy delicada. Eva continuaba con sus ojos abiertos como platos por encontrarse en tan peligrosa e inesperada situación. Tal vez era hora de que yo interviniese, pero ¿cómo?
    
    El tiempo pasaba y Kaiser alternaba momentos de calma con tentativos por liberarse, provocando en Eva sollozos silenciosos a estridentes gritos de dolor. Me encontraba muy agitada y me puse imprudente, así que cuando me moví, Eva me vio.
    
    —¡Ayúdame, por amor de Dios! … ¡Me está destrozando! …
    
    No sabía que hacer, miré su ano desmesuradamente dilatado desde donde asomaba fuera una pequeña parte del pene de Kaiser que parecía más una tremenda pelota de tanto que se había inflado.
    
    —¡Por favor! … ¡Te ruego! … ¡Ayúdame! …
    
    Me imploraba Eva con sus ojos sollozando. Todavía no tenía un plan, pero me recordé que el agua fría podía ayudar, tomé su remera y la sumergí en el arroyo y luego la estrujé en el trasero de ella y la polla del perro, repetí la acción varias veces y finalmente la acción dio resultado, la polla de Kaiser salió disparada de su culo, junto a algo enrojecido, parecido al fuelle de un bandoneón, era el esfínter de Eva que salió fuera de su culo. Delicadamente lo empujé dentro de ...
    ... ella otra vez, mientras chillaba de dolor semi desmayada sobre la hierba. Recogí algo más de agua y le bañé la cara, por fortuna estaba solo exhausta. Su culo todavía estaba dilatado, pero no había nada fuera de un tremendo y dilatado agujero misto a algunas gotas de sangre y esperma canino goteando sobre el césped, señal de que debía haber alguna laceración.
    
    Pasaron varios minutos antes de que ella diera signos de recuperarse. Se levantó con un esfuerzo sobre humano y fatigaba a mantenerse en pie. Sollozaba con la cabeza baja.
    
    —¡Ay! … ¡Qué vergüenza! … ¡Qué vergüenza! …
    
    Repetía una y otra vez entre sollozos.
    
    —¡Vamos! … Vístete …
    
    Le dije pasándole la falda y la camiseta húmeda. Debíamos regresar a casa. Le pasé también mí pañoleta para que la usara y cubrir su trasero que todavía sangraba. Ni hablar de montar la bicicleta. Le pregunté si podía caminar y me respondió que sí moviendo su cabeza. Tomé la bicicleta y nos encaminamos por el sendero hacia la casa. Ni ella ni yo teníamos ningún deseo de hablar, la ignominia y la vergüenza eran tangibles. La observaba caminar con la cabeza baja, casi arrastrando sus pies, se veía que sufría mucho, en fondo me daba pena por ella.
    
    Hubiera querido hacer algo por ella, hacerla entender que podía confiar en mí, decirle que también yo había tenido una experiencia del mismo tipo, pero con consecuencias menores. Probablemente se hubiera sentido un poco más aliviada.
    
    —Eva, no te preocupes, apenas llegaremos a casa veré modo ...