-
Compañeros - Capítulo 18: El extraño viaje
Fecha: 05/09/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: nowbly, Fuente: TodoRelatos
... de Carlota que ignoró. Lo coge de la mesilla rápidamente. Efectivamente, es un WhatsApp de Carlota: “Buenas noches, amorcito 😘. Te quiero ❤.” enviado hace casi diez minutos. Miguel muerde su labio con culpa. Le escribe de vuelta con manos aún algo temblorosas: “Buenas noches cielo, yo también te quiero. Descansa 💖.” No menciona, obviamente, la odisea que acaba de tener. Deja el teléfono y cierra los ojos, intentando dormir. Pero las escenas le asaltan una y otra vez. Se gira sobre el colchón, inquieto, hasta que finalmente el cansancio físico vence a su atormentada mente. Así transcurre la primera noche en la villa. ⸻ A la mañana siguiente, Miguel se despierta con el sol colándose a través de las persianas verdes. Se despereza sintiendo el cuerpo relajado, aunque nota cierta resequedad en la piel donde anoche… en fin. Se da otra ducha rápida (esta vez de verdad fría) y se viste informal para el día de turismo: unas bermudas color caqui y una camiseta blanca. No sabe qué planes exactos tiene Carlota, pero por cómo le habló de Portofino, asume que caminarán bastante. Bajan juntos a desayunar algo ligero; los padres ya han salido temprano a una reunión de negocios en Génova, según les informa la cocinera. Carlota y Miguel aprovechan para escabullirse pronto y pasar el día entero en modo turistas enamorados. Portofino los recibe con un sol espléndido. Recorren de la mano el puerto diminuto, con sus yates blancos meciéndose en el agua transparente. Se detienen a ...
... hacer fotos frente a las casas de colores que se apiñan alrededor de la bahía, esas fachadas pintadas en tonos pastel –rosados, amarillos, ocres– que parecen volcarse sobre el mar. Miguel siente que camina dentro de una postal viviente: cada callejuela empedrada que toman está llena de buganvillas en flor, boutiques elegantes y pequeñas trattorias con terrazas sombreadas. —Es precioso, ¿verdad? —dice Carlota, abrazada a su brazo, al llegar al mirador de la iglesia de San Giorgio. Desde allí se ve todo el puerto abajo, el agua brillando turquesa y las colinas verdes alrededor. —Mucho. Es como de película —asiente Miguel, y al decirlo no puede evitar recordar esa atmósfera a lo Dolce Vita que sintió al llegar. Tiene flashazos de la fantasía de anoche, como si su mente hubiera mezclado a Verónica con el paisaje italiano de ensueño. Sacude la cabeza para centrarse en aquí y ahora, con Carlota. Ella no parece notar nada raro. Está feliz, parloteando sobre cómo venía de niña de vacaciones allí y se bañaba en una playita cercana. Miguel la escucha con una sonrisa, besándole la frente de vez en cuando. Realmente la quiere. Se siente un poco culpable por lo de anoche, pero se promete que fue solo una fantasía tonta. Eso queda enterrado aquí, se dice para sí mismo. A mediodía comen en una pizzería junto al muelle. Comparten una pizza enorme de mozzarella de búfala y albahaca, y brindan con refrescos fríos. El ambiente es relajado, casi idílico: la brisa marina, el murmullo ...