-
Ayuda entre hermanas (9)
Fecha: 07/09/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
La humedad era imposible. Literalmente imposible. Diana tenía una pierna sobre mi cadera y el antebrazo hundido en mi estómago, tan firme que por momentos sentía que me iba a exprimir como una esponja. La cama era un lago de sudor enfriándose. Yo trataba de dormir. No podía. No por el calor animal de mi hermana pegada a mí, ni por la memoria reciente de nuestras lenguas ni por el cloroformo de los orgasmos que nos habían dejado en ese estado de sopor y temblor. No, lo que me tenía despierta era una idea, o peor: un destino, una catástrofe en cámara lenta. La idea de coger con mamá. No era un deseo como los otros. No era solo un picor, una corriente eléctrica entre las piernas ni ese hambre que a veces crece y te coloniza el cerebro. Era como un virus. Un zumbido, una célula enferma que multiplicaba su presencia a cada vuelta del reloj. Podía sentirlo en la lengua, en el paladar, en la piel donde todavía no se secaba la saliva de Diana. Y sí, también me mojaba, pero el efecto era menos placentero y más… patológico. Como el miedo antes de saltar de un trampolín. Como un preámbulo al desastre. Intenté ignorarlo. Imposible. Diana me olía la nuca en sueños. Cada vez que exhalaba, el aliento caliente me lamía los nervios. Quise sacudirla, pero me dio miedo que se despertara y, en el estado de trance post-orgasmo, me leyera la mente. O peor, que me preguntara en voz alta y con su estilo de bulldog si lo que quería de verdad era cogerme a mi madre. A nuestra ...
... madre. La palabra me corrió escalofríos. Ni siquiera quería escribirla. Pero ahí estaba, reluciente como una daga en la garganta. Me giré con sigilo y busqué el teléfono en el piso. La luz azulada me devolvió el reflejo de mis propias ojeras. Me asqueó lo hundidas que estaban. Arriba de las notificaciones de TikTok y del grupo familiar (que nunca callaba ni a las tres de la mañana), estaban los mensajes de Gerardo. “¿Te veo el viernes?” “Pienso en ti.” “Si quieres, puedo pasar por ti después de tu clase.” Me reí tan bajito que se me metió el sonido en el pecho. De todas las cosas que podían obsesionarme, de todos los monstruos debajo de la cama, había elegido justo al que menos me podía lastimar. Gerardo era bueno, simpático. Me gustaba cuando hablaba, incluso cuando no decía nada interesante. Era tan sencillo estar con él, que el contraste con mi vida real era ofensivo. ¿Por qué no podía dejar de pensar en la verga de mi papá o en las tetas de mi mamá, por qué mi hermana me lamía la entrepierna y yo no podía tener un simple romance universitario como la gente decente? Bajé el brillo de la pantalla y releí la secuencia de mensajes, uno tras otro, como si buscara en ellos una receta o un veneno. No encontré nada. Solo la confirmación de que a pesar de todo, prefería estar aquí, sumida en el sudor y la culpa y la euforia de mi casa, que en cualquier otro lado. Pensé en contestarle. Lo hice. Ensayé varias versiones: desde el meme más impersonal (“Jaja, sí, cool”) ...