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La Maestra rural se come al hijo de la casa
Fecha: 14/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Miss Tomi, Fuente: TodoRelatos
Maestra rural se y el hijo de la casa Después de la sensual noche que terminó conmigo siendo observada mientras explotaba en mi cama, las cosas retomaron su cause “normal” dentro de lo que cabe, la tensión creció cada que veía a ese chico o me cruzaba con su mirada, en la escuela las cosas se empezaban a tornar un poco menos motivadoras, no por falta de vocación ni mucho menos, sino por asuntos administrativos, y al pasar de unos cuantos días, una noche de viernes, luego de una semana, tomé un baño largo y refrescante…sin pensar que terminaría siendo la noche en que cumpliría la fantasía de David, el hijo de la casa… El terrible calor de mayo no daba tregua. Ni el baño con agua fría había servido de nada. Salí del baño con la toalla pegada al cuerpo, esa tela áspera que me raspaba los muslos como recordatorio de que en esta casa nada era suave, ni las sábanas, ni las palabras, ni las miradas. El pasillo olía a leña mojada y a puro deseo mal escondido. Las tablas del piso crujieron bajo mis pies, como si la casa misma estuviera chismeando: "Ahí va la maestra, otra vez, con ese caminado que no es de santa..." —Profe...— Su voz me paró en seco. Dulce y ronca, como mezcal barato. Me di la vuelta lenta, ajustando la toalla. —¿Qué haces despierto, muchacho? Él se recargó contra el marco de la puerta, todo confianzudo, con esa camiseta blanca transparente de sudor que se le pegaba a los abdominales. Pinche chamaco... ya ni se esfuerza en disimular. —Es que ...
... no puedo dormir— dijo, y me echó una mirada que me recorrió de los pies a la cabeza. —Se me antoja algo... y no sé cómo quitarme el antojo.— Hijo de su... Sentí cómo el calor subía de mi estómago al pecho. —¿Y qué se te antojó, eh?— Él sonrió, mostrando ese hoyito que tenía en la mejilla izquierda. —Pues... algo dulce. Pero picosito. Como usted, maestra.— Un trueno retumbó afuera, pero adentro el silencio era más fuerte. Yo sabía lo que estaba pasando. Él sabía que yo sabía. Y la pinche toalla se me empezaba a soltar sola. —No me digas— me acerqué, sintiendo cómo el aire se ponía espeso —¿Y en qué te basas para decir que soy... picosita?— Sus ojos se clavaron en mi boca. —Hace unas noches, cuando pensó que nadie la escuchaba. Esos gemiditos... como chile serrano en la lengua.— Me ardieron las orejas, pero no de vergüenza, no. Era otra cosa. Esa cosa que se te hace bola en el estómago y después te corre para abajo. —Pues si tan bien me escuchaste— me incliné hacia él, hasta que nuestro aliento se mezcló —¿por qué no entraste a ver el espectáculo completo?— Él tragó saliva. Se le notaba el miedo... pero más se le notaban las ganas. —Es que... no estaba invitado, profe.— Solté una carcajada. —¿Y ahora? ¿Estás esperando boleto con asiento numerado?— Otro relámpago iluminó el pasillo. En ese segundo vi lo que necesitaba: sus pupilas dilatadas, sus manos temblorosas, ese bulto que ya no podía esconder con la cobija. —Entra— le dije, dejando que la ...