1. La Maestra rural se come al hijo de la casa


    Fecha: 14/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Miss Tomi, Fuente: TodoRelatos

    ... pegado al colchón.
    
    —Ah, no, no...—susurré, inclinándome hasta que mis labios rozaron su oreja—. La maestra habla, el alumno escucha. ¿Entendido?
    
    Un gemido le escapó cuando mordí su cuello, justo donde el pulso le latía como tambor de fiesta patronal.
    
    —S-sí, Tomi...—tragó saliva.
    
    —Mmm... mejor.—Sonreí, disfrutando cómo se estremecía bajo mis dedos—. Primera lección: las prisas arruinan todo lo bueno.
    
    Tomé su muñeca y la guié lentamente hacia mi muslo, dejando que sus dedos temblorosos exploraran la piel antes de llegar adonde ambos querían.
    
    —¿Ves?—Jadeé cuando su contacto finalmente me encontró—. Así... despacio... como si estuvieras aprendiendo de memoria cada curva.
    
    Sus dedos me recorrían como si memorizaran cada centímetro de mi piel. Yo, arrodillada sobre él, controlaba el ritmo, pero sus manos—grandes, callosas de trabajo en el campo—no podían quedarse quietas.
    
    —Espera... así...—murmuré, guiándolo hacia mi entrada, sintiendo cómo la cabeza de su verga me rozaba, mojándose con mi deseo—. Despacio...
    
    Él jadeó, sus músculos tensándose bajo mis palmas cuando lo fui envolviendo poco a poco. Sus manos volaron a mis caderas, agarrando con fuerza instintiva, pero sin atreverse a empujar.
    
    —Tomi... por favor...—suplicó, los dedos hundiéndose en mi carne como si temiera que fuera a desaparecer.
    
    Yo gimí, dejando que la sensación de plenitud me invadiera.
    
    —Mmm... ahí...—susurré, bajando aún más, sintiendo cómo se abría paso dentro de mí, llenándome ...
    ... con una calidez que me hizo ver estrellas.
    
    Mientras tanto sus manos me hacían disfrutar delicioso…la izquierda se aferró a mi muslo, los dedos temblorosos dibujando círculos en mi piel, como si no pudieran creer lo que estaban tocando y la derecha subió hasta mi pecho, el pulgar rozando mi pezón con una mezcla de adoración y desesperación.
    
    —No pares...—él gruñó, los ojos negros como la noche fuera de la ventana—. Dios, eres tan... estrecha...
    
    Me reí, bajando los labios a su oreja.
    
    —Es porque tú eres... grueso—le dije, moviéndome arriba y abajo con lentitud deliberada, haciéndolo gemir—. Pero calla y siente...
    
    Él obedeció, cerrando los ojos y dejando que sus manos hablaran por él:
    
    Cuando me movía más rápido, sus uñas se clavaban en mis nalgas, marcándome como si temiera que me fuera.
    
    Cuando me detenía para alargar el placer, sus dedos recorrían mi espalda, aprendiendo cada vértebra como si fuera una lección sagrada.
    
    —Voy a... no puedo...—admitió, la voz rota.
    
    Yo me incliné sobre él, pegando nuestros cuerpos sudorosos.
    
    —Juntos...—ordené, y fue suficiente.
    
    Su climax llegó con un gemido ahogado contra mi hombro, mientras yo lo seguía, mordiendo su piel para no gritar.
    
    Mis caderas se separaron de las suyas con lentitud deliberada, sintiendo cómo él se resistía a soltarme, sus manos aferrándose a mis muslos como un náufrago a su último salvavidas. Un gemido ronco escapó de sus labios cuando lo abandoné—una queja animal, casi de dolor.
    
    —Todavía ...