1. La Maestra rural se come al hijo de la casa


    Fecha: 14/09/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Miss Tomi, Fuente: TodoRelatos

    ... toalla se abriera un poco más. —Pero cierra la puerta. No vaya a ser que tu papá...—
    
    —Mi papá está roncando como borracho— interrumpió, y por primera vez me agarró de la cintura. —Y yo... pues ya no estoy para cuentos, maestra.—
    
    La toalla cayó al suelo.
    
    Afuera, el aguacero por fin empezó.
    
    El primer trueno reventó justo cuando su mano me agarró de la cintura. La toalla cayó al suelo, pero ni él ni yo la miramos. Sus ojos se clavaron en mi cuerpo desnudo bajo la luz amarillenta del foco que pendía del techo, danzando con cada ráfaga de viento.
    
    La lluvia empezó a azotar el techo, un tamborileo urgente que parecía marcar el ritmo de mi corazón. El cuarto olía a tierra mojada, a sudor viejo y a ese perfume barato que me echaba detrás de las orejas cuando nadie miraba.
    
    —¿Y tú?— le dije, deslizando una mano por su pecho, sintiendo el latido acelerado bajo su camiseta empapada—. ¿Vas a quedarte ahí parado como santito en día de misa?
    
    Él resopló, caliente y áspero, antes de empujarme contra la pared.
    
    —No me llame santito—gruñó, mordisqueando mi cuello—. esa noche, cuando se tocaba, juré que si alguna vez tenía chance, le haría lo mismo... pero más lento.
    
    Un relámpago iluminó el cuarto, revelando su sonrisa picara, esos dientes blancos que contrastaban con su piel morena.
    
    —¿Ah, sí?— arqué una ceja, deslizando mi mano hacia abajo, hasta encontrar el bulto que no dejaba de crecer en su pantalón—. Pues demuéstrame que no eres sólo boquita, muchacho.
    
    Él ...
    ... gimió —un sonido dulce, ahogado— cuando le apreté a través de la tela.
    
    —Profe...—
    
    —Dime Tomi—cuchicheé en su oído, mordiendo el lóbulo—. Si ya me viste desnuda, si ya sabes cómo gimo... mínimo llámame por mi nombre.
    
    —Tomi...—repitió, como si probara el sabor de mi nombre en su boca.
    
    La tormenta rugió afuera, pero adentro sólo se escuchaban nuestros jadeos, el crujido del colchón viejo cuando nos tiramos encima, y el sonido de su cinturón al abrirse—un clic que me hizo mojarme más, si eso era posible.
    
    —¿Seguro que quieres esto?—preguntó, deteniéndose un segundo, sus ojos buscando los míos en la oscuridad.
    
    Le respondí guiando su mano entre mis piernas, donde ya no quedaba duda de mi respuesta.
    
    —Ya no hagas preguntas pendejas—gemí—. Y no te detengas... o te repruebo.
    
    Él no necesitó que se lo dijera dos veces.
    
    El colchón crujió cuando lo empujé contra él, invirtiendo nuestras posiciones. Ahora yo estaba arriba, con las rodillas a ambos lados de sus caderas, mi cabello húmedo cayendo como una cortina negra que nos aislaba del mundo. La tormenta rugía fuera, pero aquí, en este cuarto de paredes sudorosas, sólo existía el sonido de su respiración entrecortada.
    
    —Así que querías hacerme lo mismo que me hice la otra noche, ¿eh?—dije, deslizando mis uñas desde su pecho hasta el bajo vientre—. Pero esto no es una tarea que se apruebe a la primera, muchacho.
    
    Él intentó sentarse, sus manos buscando mis caderas con urgencia, pero le clavé una mirada que lo dejó ...