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Mamá, ¿por qué estás desnuda? (9)
Fecha: 26/09/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
—Hoy sí hay que ponernos bloqueador, ¿eh? —dijo mamá, mirando su propio brazo con una mueca de dolor fingido—. Ayer casi me cocino. No supe si su referencia a la noche previa era un chiste, una indirecta, o una forma de neutralizar la catástrofe moral del incesto con crema Nivea y sentido del humor. —Sí, mejor —le respondí, y comencé a buscar el frasco, que estaba enterrado entre calzones y bolsas de supermercado. Desayunamos en silencio sepulcral, pero era bastante cómodo pues ninguno de los dos desviaba la mirada o forzaba un tema, de hecho, bastante seguido nos mirábamos y reíamos. La caminata hasta la playa fue menos solemne que la del día anterior. No había mariposas en la panza, sólo la expectativa de un buen baño y la promesa de no pensar en nada. Cuando llegamos, el panorama era el mismo: cuerpos al natural, parejas bronceándose, el vendedor ambulante en la distancia con la playera tan blanca que casi dolía verla. Mamá eligió un lugar bajo una sombrilla. —Hay que esperar a que el bloqueador se absorba —dijo, y me entregó el frasco con la autoridad de una enfermera de guerra. —¿Quieres que te ayude? —pregunté. —Vas —Se recostó de espaldas, extendiendo los brazos y las piernas como un crucifijo moderno. Le unté bloqueador en la espalda con movimientos suaves, intentando no recrear el nivel de contacto de la noche anterior, pero el olor de su piel —un poco salada, un poco química— me volvió a poner en estado de alerta. Me enfoqué en la tarea, ...
... repartiendo el líquido blanco sobre los omóplatos, la espina, los costados. Cada vez que mi dedo se acercaba a la base de la columna, mamá soltaba una risa discreta, como si no pudiera evitar el cosquilleo. —Listo, —dije, y le pasé el frasco. Ella repitió el procedimiento conmigo, aunque en vez de untar, prácticamente me masajeó los hombros y el cuello con el ardor de quien intenta borrar una mancha. Por un segundo, pensé que iba a usar el momento para hablar de lo que habíamos hecho, para soltar alguna reflexión sobre el Edipo o los pecados de la carne. Pero no. No dijo nada. Nos quedamos bajo la sombrilla, los dos mirando el mar, esperando religiosamente a que el bloqueador se absorbiera. La conversación se movió hacia lo trivial: las nubes, el sonido de las olas, lo caro que estaba el agua embotellada en el pueblo. —Hoy no podemos estar tanto tiempo bajo el sol —declaró mamá, con tono dictatorial. —Obvio, —le dije. Yo tampoco tenía ganas de convertirme en camarón humano. —Tampoco vamos a quedarnos en la sombra todo el día —dijo, y supe que ya había planeado la agenda: nadar, caminar, leer, dormir, repetir. —¿Quieres meterte al mar? —pregunté. Ella asintió. Entramos juntos al agua. Estaba fría, pero lo agradecí. Nadamos en paralelo, cruzando las olas hasta donde ya no se hacía pie. Mamá flotaba sobre la espalda. Me quedé mirándola, hipnotizado por la forma en que el sol le dibujaba sombras sobre el vientre y los pechos. No sentí vergüenza, ni culpa, ...