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Mamá, ¿por qué estás desnuda? (9)
Fecha: 26/09/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... ni nada. Simplemente se me comenzó a parar la verga. Salimos y nos secamos al aire. Mamá leyó una novela de portada chillona. Yo me dediqué a observar a la gente. Por un rato, perdí de vista a mi madre. Cuando la busqué, la vi caminando por la orilla, recogiendo caracoles y botellas de plástico con la paciencia de una monja recicladora. Fue ahí, solo bajo la sombrilla, donde la reflexión me golpeó. La noche anterior había sido un delirio, sí, pero no sentía remordimiento. Ni siquiera miedo. Me pregunté si, al volver a casa, todo iba a cambiar. Si mamá iba a ponerme un límite, a decretar que lo nuestro había sido un accidente cósmico, una anomalía, algo que debía ser sepultado para siempre. Pero la veía y no encontraba señales de arrepentimiento. Al contrario: la vi más ligera, más joven, con una alegría que sólo recordaba de mi infancia, cuando las cosas eran más simples y el mundo no se dividía en bien y mal. Me pregunté también si yo podría seguir como si nada. Si al llegar a la ciudad, al departamento, iba a poder mirarla a la cara y llamarla "mamá" sin que el recuerdo de su cuerpo me incendiara por dentro. No tenía idea. Pero una parte de mí —la parte más imbécil, o tal vez la más honesta— quería averiguarlo. Cuando Patricia regresó, se sentó junto a mí y puso la cabeza sobre mi hombro. No dijo nada en varios minutos. Sólo se quedó ahí, oliendo a mar y a bloqueador solar, como si el tiempo pudiera detenerse en ese gesto. Sentí su mano buscar la mía, y cuando ...
... la encontró, me apretó los dedos con una fuerza que no esperaba. —¿Estás feliz? —preguntó, sin mirarme. —Sí, —le dije, y no tuve que mentir. El resto del día lo pasamos en la más absurda de las normalidades. Comimos papas fritas y ceviche, jugamos cartas bajo la sombrilla, nos reímos de un perro callejero que se robó el sombrero de un turista. A la tarde, cuando el sol ya no abrasaba, nos metimos de nuevo al agua, sólo para flotar juntos y ver cómo el cielo cambiaba de azul a naranja y luego a morado. Volvimos al hotel con la piel ardiendo y los músculos cansados. Mamá se duchó primero, y luego yo. No hubo sexo esa noche, ni siquiera una insinuación. Dormimos en camas separadas, cada quien envuelto en su propio universo de sábanas y sueños raros. A la mañana siguiente, empacamos sin mucho ritual. Nos despedimos de la señora de las cejas azules, pagamos la cuenta y salimos al camino con la misma ligereza con la que habíamos llegado. El viaje de regreso fue silencioso, pero no incómodo. Al llegar a casa, nos metimos directo a la cama. Ni siquiera cenamos. Fue como si todo el cansancio y toda la tensión de los días previos se hubieran acumulado sólo para estallarnos encima en ese momento. Me quedé dormido apenas puse la cabeza en la almohada. Pasaron los días. La ciudad nos recibió con su viejo aliento, y el departamento, con el eco blando de las cosas puestas en su sitio y el vacío de las que ya no estaban. Mamá volvió a su rutina de siempre: computadora ...