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Mamá, ¿por qué estás desnuda? (9)
Fecha: 26/09/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... no. Me sostuvo la mirada y, respirando hondo, siguió bajando hasta que mi verga se perdió casi por completo en el interior de su vagina. El calor era abrumador, la presión perfecta. Mamá empezó a moverse despacio, con un vaivén que era más danza que coito. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y yo los tomé entre las manos, los pesé, los estrujé como si quisiera memorizarlos para siempre. Ella gimió, primero bajo, luego más alto, hasta que el sonido llenó el cuarto. En cierto punto, mamá se inclinó hacia adelante, apoyando las manos a los lados de mi cabeza, y aceleró el ritmo. La fricción se volvió casi dolorosa; mi verga se sentía envuelta en seda caliente, y el roce del vello púbico me raspaba la piel en un modo que sólo puede describirse como perfecto. En esa posición, mamá parecía despojada de toda duda; era sólo cuerpo y deseo. Movía las caderas adelante y atrás con una cadencia de animal de monte, como si la urgiera marcar con mi sexo cada milímetro de su interior. Yo, completamente sometido, apenas podía respirar. La miraba —la boca abierta, el sudor mezclándose con el vino en la comisura, el pelo desordenado pegado a la frente— y sentía que era la dueña de mi existencia. En algún punto, mamá se quedó inmóvil, con mi verga enterrada hasta la raíz, y el cuerpo comenzó a estremecérsele en oleadas. Tembló primero en la pelvis, luego en las piernas, después en los brazos, y finalmente todo su ser se encendió en un espasmo único, brutal, total. Gritó mi ...
... nombre —no el de hijo, sino el de hombre— y se dejó caer sobre mi pecho, abrazándome con tanta entrega que podría decirse que éramos uno y lo mismo. La abracé, sintiendo cómo su sexo seguía palpitando alrededor de mi pene, exprimiéndolo con cada latido. Pasaron segundos, tal vez minutos, hasta que recuperó el aliento. Me besó la mandíbula, la boca, los ojos, y luego se quedó pegada ahí, transpirando y riendo, como si acabara de sobrevivir a un naufragio. —Eso estuvo… —dijo, pero no encontró palabra y soltó un gemido risueño—. No tengo palabras. —Tampoco yo, —contesté, y era cierto. Mamá enderezó la espalda y, sin salir de mí, me miró a los ojos. Había una pregunta en su mirada, una incertidumbre flotando en la superficie, pero también un orgullo feroz de haber llevado las cosas hasta ese punto. —¿Dónde quieres terminar? —preguntó, con voz traviesa. Vacilé. No porque el deseo no estuviera claro, sino porque me daba vergüenza decirlo. —En tu cara, —dije por fin, apenas en un susurro. La sonrisa de mamá fue todo menos maternal. Se deslizó fuera de mí con un movimiento lento, la verga empapada de jugos y de placer. Me empujó hacia el filo de la cama. Se arrodilló frente a mí, el cuerpo desnudo, hermoso, cansado, pero decidido, y tomó mi pene entre los dedos. Comenzó a masturbarme con movimientos firmes, rápidos, con la mirada clavada en la mía. Cada tanto, acercaba la lengua al glande y lo lamía con pequeños golpes, como un gato relamiendo crema de la ...