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Unos vecinos influencers
Fecha: 01/10/2026, Categorías: Infidelidad Autor: LuzOscura90, Fuente: TodoRelatos
"Me llamo Armando Sánchez y tengo cuarenta y dos años. Hasta hace exactamente diecisiete días, mi vida era perfectamente imperfecta." El hielo golpeó el cristal de mi whisky con un sonido que siempre me recordaba el crujido de tacones sobre suelo de mármol. Desde mi atalaya en el segundo piso, la urbanización Los Robles se extendía como un catálogo de lujo: césped quirúrgicamente recortado, vehículos de alta gama pulidos hasta el éxtasis, vallas blancas que separaban jardines de pecados discretos. "Soy corredor de bolsa. El mejor de Madrid. El que mueve fortunas mientras los demás aún sorben su café con leche." El orgullo me llenó la boca, pero esta vez sabía a mentira. A los veintiuno compré mi primer traje Armani. A los treinta, tenía a un ministro, varios empresarios y jugadores de futbol entre otros, como mis clientes. Ahora, con mis canas distinguidas y mi abdomen plano (gracias a ese entrenador personal que cobraba lo mismo que un cirujano), poseía todo lo que un hombre podía desear. Incluida ella. Clara. El nombre me quemó como el primer trago de un whisky caro. La conocí a los veinticinco, cuando aún creía que el mundo era mío. Ella tenía dieciocho y trabajaba de recepcionista en ese gimnasio cutre del centro, donde los hombres íbamos a ver cómo se le pegaba el uniforme a esas curvas que parecen dibujadas por el diablo. "Era como mirar a Botticelli después de tres copas de tequila." Y ahora, a sus treinta y cinco, seguía siendo el tipo de ...
... mujer por la que los camareros derramaban bebidas. Caderas que invitaban a pecados capitales, pechos que desafiaban la física y la decencia, cintura de avispa y ese pelo castaño que olía a coco y promesas rotas. "Sí, le compré el gimnasio. Como le compré todo en la vida. Menos su mirada cuando los conocimos." El "Body & Soul" era su reino. Daba clases de yoga los martes y jueves para señoras ricas que anhelaban su cuerpo, y el resto del tiempo paseaba entre máquinas con esos leggings que le pintaban el trasero como dos lunas llenas. Luego está Alex. Nuestro hijo mayor, trece años, la réplica adolescente de mi rebeldía universitaria pero sin mi ambición. Pasaba horas encerrado en su habitación, escuchando esa música basura y gritándonos cuando le pedíamos que bajara a cenar. "Es la edad", decía Clara con esa sonrisa condescendiente que usaba para calmar mis explosiones. Y luego estaba Gael. Mi pulso tembló al pensar en el pequeño. Cinco años, pero parecía de tres. Parálisis cerebral infantil. El diagnóstico sonó como una sentencia aquel día en el hospital: "Tetraplejía distónica, retraso severo, probablemente nunca hablará..." Ahora, cinco años después, Gael seguía siendo un bebé grande en silla de ruedas, con la cabeza ladeada, los brazos contraídos y ese babeo constante que Juana, nuestra asistenta, limpiaba con paciencia monjil. Todo normal hasta que llegaron ellos. El vaso crujió entre mis dedos. En el reflejo de la ventana, mi cara se distorsionó como un cuadro ...