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Después del sueño (2)
Fecha: 12/10/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... desfile de tías, vecinos y curiosos se había evaporado tras el primer fin de semana. Por fin podían tener una rutina. Vero lo estacionó cerca de la mesa, donde una montaña de papeles y libros convivía con los restos del desayuno. —Toca baño —anunció, y Ray supo que no valía la pena resistirse. La rutina del baño se había vuelto la columna vertebral de su día. No porque le gustara la humillación, sino porque había descubierto un placer inesperado en el contacto físico, una dulzura turbia que lo perturbaba y al mismo tiempo lo calmaba. Sabía que debía avergonzarse de las cosas que pensaba mientras su madre lo enjabonaba, pero no encontraba el modo de reprimirlas. En el baño, Vero preparó todo con la precisión de un cirujano. Toalla grande doblada sobre la tapa del inodoro, esponja y jabón líquido en la repisa, un vaso de plástico para enjuagar. Luego, con gesto profesional, le bajó el pantalón de pijama y lo ayudó a sentarse en el borde de la bañera. Ray evitó mirarla mientras ella le quitaba los calzoncillos. Sentía el calor subirle por el cuello, una especie de fiebre suave que aumentaba cada vez que la mano de su madre le rozaba el muslo o el vientre. Vero llenó la bañera hasta la mitad y lo ayudó a deslizarse adentro. El agua estaba tibia, el cuerpo entero se le aflojó como una masa sin forma. Cerró los ojos y se abandonó al vaivén hipnótico de la mano de Vero frotando círculos de jabón sobre su pecho, su abdomen, sus brazos. Había algo de ritual en ...
... el modo en que su madre lo lavaba: primero los hombros y el cuello, luego el pecho, después los costados y el vientre. Vero no hablaba, pero sus movimientos eran tan elocuentes como una conversación entera. Ray detectaba la diferencia entre el roce funcional y el roce que se demoraba más de la cuenta. No estaba seguro de si era imaginación suya, pero prefería creer que sí. Al llegar a la entrepierna, Vero siempre se detenía una fracción de segundo antes de continuar. Tomaba la esponja y la pasaba por la ingle, cuidadosamente, sin mirar nunca el pene directamente. Pero las leyes de la biología eran implacables: bastaba un roce, un pulso de contacto, para que Ray sintiera el pene endurecerse bajo la espuma. Lo más humillante era que su madre fingía no notarlo. Seguía lavando como si nada, apartando la mirada y concentrándose en la tarea, aunque el miembro flotara erecto sobre el agua. A veces, Ray deseaba que lo mencionara, que hiciera una broma o al menos un gesto incómodo, pero Vero era una profesional de la negación. El resto del baño transcurría en silencio. Cuando la piel de Ray quedaba roja y prístina como la de un recién nacido, Vero lo enjuagaba con el vaso de plástico, lo ayudaba a salir y lo envolvía en una toalla gruesa y áspera. Luego lo sentaba sobre la tapa del inodoro y le secaba el pelo con movimientos firmes, casi autoritarios. —¿Querés que te ponga crema? —preguntó Vero, con la voz neutral, casi científica. Ray negó con la cabeza. No quería ...