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La mal cogida
Fecha: 17/04/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: Elgeralex, Fuente: RelatosEroticos-Gratis
1. El peso de la costumbre Diego se durmió con la mano todavía entre mis piernas. No porque hubiera terminado de complacerme, sino porque se quedó dormido mientras lo hacía. Su índice quedó atrapado entre mis labios, inmóvil, y su respiración se volvió un ronquido suave. Conté hasta diez. —¿Diego? —susurré. Nada. Moví su mano. Cayó a un lado como un trapo mojado. Su pene, medio erecto todavía, se había salido de mí hacía rato. Ni siquiera sintió cuando yo misma lo retiré para no tener que seguir fingiendo gemidos. Me levanté de la cama con sigilo. Fui al baño. Me senté en el borde de la tina y me quedé mirando la loseta blanca. Tenía treinta y ocho años. Mis piernas seguían siendo firmes por los años que corría, mi cintura estrecha, mis pechos grandes y redondos —que a Diego ya ni siquiera le interesaban—. En el espejo me vi: el cabello largo y ondulado cayendo sobre los hombros, los pezones aún erectos por una excitación que nadie iba a calmar. Bajé una mano. Me acaricié con suavidad, sin ganas. Me habría masturbado, pero el coraje me lo impedía. No era justo. No era justo tener que hacérmelo yo sola otra vez. Siete años. Siete años de "en dos minutos me corro", de "hoy no se me para", de "estoy cansado del trabajo" —cuando tenía trabajo—. Ahora llevaba ocho meses sin empleo. Ocho meses viéndolo dormir hasta tarde, jugar en el celular, prometer que mañana sí iba a buscar algo. Yo llegaba de vender terrenos en la nueva oficina de Reforma, con los pies ...
... hinchados de tanto andar en tacones, y él me recibía con un "¿qué hay de comer?". Pero lo peor no era su flojera. Lo peor era el sexo. Porque yo, Valentina, la que en público baja la mirada y habla suave, la que usa vestidos largos y florales para pasar desapercibida, guardaba dentro una perra hambrienta. Una putita en celo que llevaba años encerrada. Y esa perra empezaba a arañar la puerta. --- 2. El primer día en la oficina La nueva oficina olía a pintura, a cartón, a estreno. Habíamos cambiado de sede porque la empresa creció y ya no cabíamos en el espacio anterior. Ahora estábamos en un décimo piso sobre Paseo de la Reforma, con ventanales enormes que dejaban ver el Ángel. Mi escritorio quedaba cerca de la ventana. Me gustaba. Podía distraerme viendo el tráfico mientras sumaba metros cuadrados y multiplicaba precios por lote. Ese lunes conocí al equipo nuevo. La mayoría eran caras conocidas. Pero una me detuvo el corazón. —Él es Santiago —presentó la gerente—. Viene del área de bienes raíces en Querétaro. Estará con nosotros en ventas. Santiago. Alto. Espaldas anchas. Piel morena. Manos grandes, de dedos largos. Y una mirada que recorría a las personas como si las midiera, pero sin prisa. Cuando me saludó, su mano apretó la mía un segundo de más. —Valentina —leyó en mi gafete—. Bonito nombre. —Gracias —dije, y bajé la mirada. En público era así: tímida, seria. Pero por dentro sentí un cosquilleo en el vientre que no experimentaba desde ...