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mama 3
Fecha: 20/10/2026, Categorías: Incesto Tus Relatos Autor: lliwo, Fuente: RelatosEroticos-Gratis
Al principio fueron solo abrazos. Abrazos un poco más largos de lo normal, de esos que se dan cuando la casa está en silencio y no hay nadie más. Él se acercaba por detrás mientras ella fregaba o miraba el móvil, le rodeaba la cintura y apoyaba la frente en su hombro. Ella sonreía, le daba un golpecito suave en el brazo y le decía que era un mimoso. Nada más. Pero los días en los que sabían que al día siguiente no había clase, y que ella no tenía que salir, esos abrazos empezaron a alargarse. Y a cambiar. Una mañana temprano, todavía de pijama, él entró en su habitación y se tiró encima de ella en la cama, como hacía de pequeño. —¡Lucha! —dijo, riendo. Ella se quejó entre risas, intentó zafarse, pero él era más fuerte. Se enredaron entre las sábanas. En un momento, mientras forcejeaban, notó algo duro y caliente presionando contra el interior de su muslo. A través de la tela fina del pijama de él se notaba perfectamente: estaba completamente duro. Se le quedó la respiración un segundo en la garganta. Él no dijo nada. Siguió “luchando”, moviendo las caderas como si fuera parte del juego, arrimando esa dureza contra ella una y otra vez. Esa primera vez ella se quedó quieta un instante de más. Después lo empujó, se rió un poco forzada y le dijo que ya era mayor para esas tonterías. Él se fue riendo, como si nada. Pero al día siguiente volvió a pasar. Y al otro. Poco a poco ella empezó a notar que, cuando él se le echaba encima, su cuerpo ya no reaccionaba solo con ...
... sorpresa. Había algo más. Un calor que le subía por el vientre. Una humedad que no quería reconocer. Los juegos ya no le disgustaban. Al contrario: se divertía. Se excitaba. Empezó a hacer movimientos pequeños, casi imperceptibles. Cuando él la tenía agarrada y se frotaba contra ella, ella abría un poco más las piernas, o giraba la cadera justo lo suficiente para que su polla, dura y caliente a través de la tela, quedara atrapada entre sus muslos. Entonces él apretaba más, buscaba el roce, y ella sentía cómo se deslizaba arriba y abajo, rozándole el sexo por encima de la ropa. Los dos respiraban más agitado. Ninguno decía nada. Seguían fingiendo que era solo una lucha, solo un juego de madre e hijo. Ella se decía a sí misma una y otra vez que no quería pasar ninguna línea roja. Que eran solo juegos. Que mientras no se quitaran la ropa, mientras no se tocaran directamente, seguía siendo algo inocente… o casi. Pero día a día ponía un poco más de ella. Un poco más de presión con los muslos. Un poco más de tiempo dejándose hacer. Un poco más de gemido contenido cuando él se frotaba con más fuerza. A veces, cuando el roce era especialmente intenso, ella cerraba los ojos y apretaba las piernas a propósito, atrapándolo, sintiendo cómo latía contra ella. Él gemía bajito contra su cuello. Ella notaba su propia excitación empapándole la ropa interior. Y aun así, cuando terminaba el “juego”, los dos se separaban como si nada hubiera pasado. Él se iba a ducharse. Ella se quedaba en la ...