1. Memorizarse


    Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos

    ... iban vaciando hasta que finalmente solo quedábamos nosotros y una pareja mayor charlando al fondo.
    
    Lucía cruzó el local con paso tranquilo, se sentó a mi lado como si fuera algo habitual y miró la pantalla con expectación.
    
    —¿Y entonces? ¿Dónde nos habíamos quedado?
    
    Tomé aire. Me sentía más atrevido esa tarde, más cerca de ella, como si la barrera invisible que aún existía se hubiera adelgazado.
    
    —La escena que estoy pensando tiene lugar en una especie de despacho. Un ambiente más cerrado, casi clandestino. Ella se sienta sobre la mesa de trabajo, él se acerca sin decir palabra. No tiene tiempo de desnudarla; solo le incorpora el vestido y le quita las braguitas con urgencia.
    
    Me detuve, expectante. No sabía si había ido demasiado lejos. Pero Lucía no apartó la vista de la pantalla. Sonrió lentamente, como si procesara la imagen, y luego me miró con ese brillo tan suyo en los ojos.
    
    —Me gusta —dijo en voz baja—. Pero si me lo permites... —hizo una pausa breve—, que sea ella quien lo devore con la boca primero. Que le susurre al oído que lo haga. Que lo exija con deseo contenido. ¿No crees que eso sería aún más excitante?
    
    Tragué saliva y asentí. No había nada en su voz que sonara vulgar. Era suave, firme, segura. Educada en el gesto, pero directa en la historia. Y era precisamente esa dualidad la que me desarmaba.
    
    —Sí, Lucía... creo que así será aún mejor.
    
    Ella sonrió y volvió a mirar la pantalla, como si ya formara parte del relato tanto como yo.
    
    —¿Y ...
    ... si le añades un detalle más? —propuso entonces, con los ojos aún fijos en el texto—. Describe cómo suena la fiesta al otro lado de la puerta. La música, las risas apagadas, ese mundo que sigue girando mientras ellos... se detienen. Como si el deseo los aislara de todo.
    
    La forma en que lo dijo me hizo estremecerme levemente. Su tono era sereno, pero lo que proponía llevaba una carga implícita difícil de ignorar.
    
    —¿Te refieres a que ese contraste lo haga aún más íntimo?
    
    —Exacto —respondió—. Que se sienta esa tensión entre lo que se espera allá fuera y lo que se libera dentro. Y entonces ella, con una seguridad que desarma, lo toma entre sus manos, lo besa despacio, lo muerde con suavidad... —se interrumpió un segundo, y bajó la mirada, más contenida—. Bueno... tú sabes cómo seguir.
    
    La temperatura en mi interior había subido varios grados. Me costaba mantener el tipo, mantenerme en la realidad. Estaba escribiendo, sí, pero también descubriendo en Lucía una mezcla imposible de ternura, deseo, y ese instinto natural para narrar que parecía brotarle sin esfuerzo.
    
    —Y después... —añadió en voz aún más baja—, que él le diga al oído cuánto la deseaba desde que la vio. Que no se contenga. Que la levante, la siente sobre la mesa y la tome... con urgencia. Porque no pueden más.
    
    Se interrumpió, se recogió un mechón de pelo tras la oreja, y me miró.
    
    —Perdón... A veces me dejo llevar.
    
    Negué suavemente, con una sonrisa sincera.
    
    —No te disculpes, Lucía. Lo que haces ...
«12...91011...24»