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Memorizarse
Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... giró ligeramente el portátil hacia sí. —Quizá empezaría con algo más sugerente en lo visual... ¿Qué te parece si ella lleva un vestido negro, ceñido pero sencillo, que deja entrever su silueta con elegancia? Algo que ella misma ha elegido sabiendo que él la está mirando toda la noche. No hace falta que lo diga, pero lo sabe —explicó con tono pausado, casi profesional. Yo asentí, atento a cada palabra, pero incapaz de no notar la contradicción deliciosa entre su tono educado y la intensidad con la que narraba. —Y cuando entran en la habitación... —añadió, haciendo una pequeña pausa— no tiene que haber demasiadas palabras. Solo gestos, respiraciones contenidas. Que él le acaricie el cuello mientras ella cierra los ojos. Que sus manos encuentren el camino por instinto. La observaba sin disimulo. Sus mejillas estaban levemente sonrosadas, pero hablaba con convicción. Había algo casi hipnótico en la forma en que describía la escena. Me impresionó su sensibilidad, su forma de entrar en la historia con tanta soltura. —Escribes muy bien —dijo por fin, cerrando ligeramente la tapa del portátil—. Pero si te permites ser un poco más... femenino en algunos gestos, la escena puede volverse aún más poderosa. Yo asentí de nuevo, sin palabras por un momento. No podía evitar una punzada de deseo ante aquella chica que, sentada a mi lado, irradiaba inteligencia, intuición, y esa dualidad tan magnética: educada y serena por fuera, pero con una imaginación cargada de ...
... fuego. —Gracias, Lucía. No sé si el texto mejora, pero tú sí que lo haces más interesante. Ella sonrió, bajó la mirada un instante y dijo simplemente: —Entonces no dejes de escribir. Desde aquella tarde, me costaba concentrarme en el trabajo. Bastaba una pausa en medio de una reunión para que mi mente volara de vuelta a la cafetería, a Lucía, a nuestra conversación frente al portátil. La historia que estábamos construyendo juntos me absorbía, no solo por lo que escribía, sino por la complicidad que nacía entre nosotros, palabra a palabra. El lunes siguiente, al cruzar la puerta del café, me recibió con una sonrisa radiante y un saludo que me hizo detener un instante el corazón: —Buenas tardes, escritor. Llevaba una camiseta azul marino que no le había visto antes. Ceñida, con un escote sutil pero hipnótico, dejaba ver una piel salpicada de pecas que hasta ahora solo había adivinado. La combinación de su ropa, su actitud y la confianza que destilaba transformaban todo el lugar. O quizá era yo quien ya no podía verla con neutralidad. Me senté en mi mesa habitual. Poco después, trajo el café. Esta vez, en lugar de dejarlo con un gesto mecánico, se inclinó un poco y me susurró: —Si se vacía esto, en un ratito me acerco a ver cómo sigue esa historia. Asentí, sintiendo un hormigueo anticipado recorrerme el cuerpo. Fui abriendo el archivo del relato, repasando lo último que había escrito, mientras lanzaba miradas furtivas hacia la barra. Una a una, las mesas se ...