1. Memorizarse


    Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos

    ... es lo mejor que le ha pasado a esta historia.
    
    Y no mentía. Aunque mi cabeza intentara concentrarse en la pantalla, mi cuerpo entero era consciente de su cercanía. De su aroma, de su voz. Y, sobre todo, de la mujer que tenía al lado: tan brillante como enigmática, tan discreta como provocadora. La escena era tórrida, sí. Pero lo verdaderamente hipnótico era ella.
    
    Un instante de realidad irrumpió de golpe. La puerta de la trastienda se abrió con brusquedad y apareció el dueño de la cafetería. Lucía pegó un respingo y yo también. Durante un segundo, pareció que el tiempo se detenía. Ella musitó una disculpa, se levantó con rapidez y retomó sus quehaceres tras la barra.
    
    El dueño nos miró a ambos, entrecerrando los ojos con una expresión a medio camino entre el recelo y la desgana. Pero tras ese breve instante, pareció decidir que le daba igual lo que estuviera ocurriendo y volvió a perderse en la trastienda, dejando tras de sí un silencio breve pero denso.
    
    Desde la distancia, Lucía me miró, sonrió con picardía y me guiñó un ojo. Como dos niños pillados haciendo una travesura, compartimos esa chispa de complicidad silenciosa, esa ligereza que a veces se cuela entre las grietas del deseo.
    
    Días después, me encontré en el otro extremo de la ciudad. Había leído buenas reseñas sobre una librería que destacaba por la belleza del edificio y la cuidadosa selección de títulos. Me apetecía curiosear sin rumbo, dejarme llevar entre estanterías.
    
    Nada más entrar, casi nos ...
    ... damos de bruces. Lucía. El mismo gesto de sorpresa y alegría se dibujó en su rostro y en el mío. Durante un segundo, no supimos si reírnos o disculparnos.
    
    —¡Vaya susto! —dijo ella, llevándose la mano al pecho, aunque sus ojos brillaban—. Qué casualidad, ¿no?
    
    —De las buenas —contesté, sonriendo.
    
    Me explicó que había ido a dejar su currículum. Había oído que una de las señoras que llevaba la librería se había jubilado, y quizás la otra dueña quisiera algo de ayuda. Me lo dijo con un aire de ilusión mezclado con urgencia.
    
    —Estoy harta de ese trabajo de mierda —soltó sin filtros, y luego rió, un poco avergonzada—. Necesito escapar de allí.
    
    Asentí en silencio, admirando el valor en su gesto. Nos quedamos hablando en la puerta, como si el resto del mundo se hubiera disuelto. Diez minutos pasaron sin darnos cuenta. Me encantaba verla así: espontánea, eléctrica, con ese derroche de energía que pocas veces podía mostrar tras la barra de la cafetería.
    
    —Perdona, me he enrollado un montón —dijo al fin—. Seguro que venías a perderte entre libros, no a escucharme desahogarme.
    
    —Me gusta escucharte —le aseguré.
    
    Nos despedimos con un "ya nos veremos", y aunque la frase sonó casual, llevaba implícita la promesa de algo más.
    
    Al poco, decidí pasar por la cafetería. Pero no estaba ella. Un chico nuevo atendía con desgana, sin rastro del encanto que Lucía dejaba tras la barra. Enseguida di por hecho lo que mi intuición ya había sospechado: Lucía por fin había dado el ...
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