1. Memorizarse


    Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos

    ... eso.
    
    El rubor le subió por el cuello, invadiendo sus mejillas hasta las orejas. Bajó la mirada, se recogió un mechón de cabello detrás de la oreja y sonrió con nerviosismo. Esa vulnerabilidad repentina, ese contraste entre la seguridad con la que había hecho la sugerencia y la timidez que le siguó, me dejó completamente desarmado.
    
    Me quedé mirándola mientras hablaba de un detalle, de una respiración entrecortada o un roce que, según ella, podía prolongarse para aumentar la tensión. La forma en que se expresaba no era vulgar ni directa, pero tampoco inocente. Era experta en sugerir sin mostrar, en seducir con palabras medidas, en dibujar con su voz una escena que iba más allá de la ficción.
    
    Al terminar el café, nos levantamos casi al mismo tiempo. Afuera seguía lloviendo, aunque más leve. Caminamos juntos hasta la esquina y, antes de separarnos, me armé de valor:
    
    —No sé si es muy apropiado, pero... me gustaría invitarte a cenar algún día. Si te apetece, claro.
    
    Lucía sonrió, bajando la mirada un instante.
    
    —Me apetece —dijo, y luego, con una risa breve—. Pero con una condición: nada de hablar de escenas tórridas entre personajes ficticios. Que si no me pongo más nerviosa aún.
    
    Reímos los dos, cómplices. Nos despedimos con un gesto sencillo pero cálido.
    
    —Hasta el viernes entonces —dije.
    
    —Hasta el viernes, escritor —respondió ella, antes de alejarse bajo la lluvia con paso ligero y esa sonrisa que ya me había cambiado la semana.
    
    Los días entre aquel ...
    ... martes lluvioso y el viernes parecieron estirarse como una cuerda tensa. Me descubría pensando en Lucía a cada rato, incluso en momentos absurdos: en mitad de una reunión, mientras cocinaba, al doblar la ropa o al tropezarme con un escaparate de librería. Me había calado hondo, pero no solo por su belleza ni por su voz tranquila. Había en ella una especie de revolución silenciosa que me resultaba magnética. Como si hubiera una mujer nueva naciendo dentro de ella, empujando con fuerza desde un lugar profundo, derribando capa a capa el miedo, la costumbre, la culpa. Y ahora, al fin, comenzaba a flotar.
    
    Esos días fueron una mezcla extraña de entusiasmo y nervios. Intercambiamos algunos mensajes para concretar el sitio y la hora. Ella sugirió un restaurante pequeño de comida casera cerca del centro, con mesas de madera y una luz tenue que, según decía, invitaba a hablar sin prisa. Me pareció perfecto. Solo el tono de sus mensajes, ligero y cálido, me provocaba una sonrisa tonta en mitad del trabajo.
    
    Pero al caer la tarde del jueves, empezó a instalarse ese cosquilleo incómodo: el de la expectativa. Quise parecer natural, pero me pasé una eternidad frente al armario. ¿Camisa o jersey? ¿Zapatos o deportivas limpias? ¿Chaqueta informal o americana? Terminé eligiendo algo que sentía "yo", pero con ese punto de cuidado que quería transmitir sin decirlo en voz alta: me importas.
    
    Esa noche dormí mal. No era ansiedad. Era algo más parecido a la emoción pura. Como cuando uno es ...
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