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Memorizarse
Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... sexo por sexo. Ella asintió despacio, como si pesara cada palabra. —Se nota. Lo tuyo tiene buen gusto. Y esa imaginación... No sabes lo sexy que me parece que un hombre sepa escribir así. Me gusta que puedas crear algo tan intenso sin caer en lo vulgar. Sentí que la temperatura subía un grado. Su mirada, aunque traviesa, estaba llena de admiración genuina. Le devolví la sonrisa, sintiendo que algo se afianzaba entre los dos, algo más que coqueteo, algo que tenía que ver con sentirse vistos, de verdad. Y entonces llegó ese momento en que la cena había terminado, pero nadie quería irse. La cuenta estaba pagada, las tazas vacías, el camarero disimulaba su impaciencia desde la barra. Pero ninguno de los dos hacía ademán de levantarse. Nos miramos. Y sólo eso bastó para entender que, aunque la noche se acabara en ese local, había algo que recién estaba comenzando. Finalmente, el camarero se acercó con una sonrisa forzada y una bandeja sin nada encima. Era la señal silenciosa de que debíamos dejar la mesa libre. Lucía se levantó primero, cogiendo su bolso con calma, y me lanzó una mirada cargada de intención. —Tengo que reconocerte algo —dijo mientras salíamos a la calle—. Fuiste bastante atrevido pidiéndome esta cena. Así que ahora me toca a mí devolver el atrevimiento. Me giré hacia ella, curioso. —No me apetece despedirme —continuó, con una sonrisa pícara—. Hay un local tranquilo a unas pocas calles. Música baja, sofás, buena carta de copas. Creo que ...
... podríamos... seguir explorando esas imaginaciones compartidas. No pude evitar reír suavemente, encantado con su forma de proponerlo. —Me parece una de las mejores ideas que me han propuesto en mucho tiempo. Durante el trayecto, caminamos despacio bajo la luz nácar de las farolas. La lluvia había cesado, dejando un brillo húmedo en el empedrado. Y la proximidad entre nosotros ya no era disimulada: nuestras manos se rozaban de vez en cuando, nuestros cuerpos se inclinaban hacia el otro casi sin querer. El ritmo del paseo era cómplice y sereno, pero había una electricidad callada que se acumulaba con cada paso, como si estuviéramos narrando, sin palabras, la próxima escena de un relato que ambos intuíamos. El local era tal y como Lucía lo había descrito. Una penumbra cálida dominaba el ambiente, interrumpida solo por la luz ámbar de unas lámparas de pantalla antigua. Había sofás mullidos repartidos por esquinas discretas, mesas bajas y una música suave de fondo que parecía acompañar, y no ocupar, el espacio. Apenas tres parejas dispersas hablaban en voz baja, y el murmullo general parecía tejido con hilos de intimidad. Nos acomodamos en un rincón, en un sofá que invitaba más a inclinarse hacia el otro que a mantener distancia. Pedimos dos gin tonics, y al principio hablamos de cosas ligeras: el nombre absurdo del local, la decoración a medio camino entre lo vintage y lo improvisado, y la canción que sonaba, que ninguno de los dos lograba recordar de qué película ...