-
Memorizarse
Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... parte de la rutina comenzara a construirse. Ella estaba allí, tras la barra, vestida de forma muy parecida al día anterior, pero con una coleta alta que dejaba ver la nuca pálida y algunas pecas dispersas. Me reconoció al instante, porque levantó una ceja y dejó el trapo con el que limpiaba la barra. —El Halcón Maltés tiene efectos secundarios, veo —dijo, ladeando una sonrisa más pícara que la anterior. —Inquietud, insomnio, y la necesidad de seguir hablando de libros —respondí, mientras elegía la misma mesa del fondo. Esta vez fue diferente. Ella trajo el café sin que yo lo pidiera, y se quedó un instante más de lo necesario. La charla fue breve, sobre literatura, películas antiguas, y hasta sobre el viento del norte que, decíamos, parecía querer limpiar el alma. Pero sus ojos seguían teniendo ese algo, esa mezcla de tristeza callada y chispa contenida que resultaba hipnótica. Esa noche, en el apartamento, no pude evitar escribir sobre ella. No directamente, claro, pero mis palabras dibujaron a una mujer que se abría paso entre la oscuridad con cada gesto, que escondía historias tras sus silencios y que, quizá, necesitaba a alguien que supiera leer entre líneas. Llegó el fin de semana, y una escapadita, y allí quedó todo hasta días después. Otra tarde, regresé a la cafetería con la ilusión de seguir cultivando aquel pequeño vínculo inesperado. Pero al entrar, una escena heló mi sangre. Frente a la barra, un joven de aspecto chulesco, camiseta ajustada y ...
... actitud altiva hablaba con ella en un tono claramente insolente. Sus gestos eran bruscos, se inclinaba demasiado sobre ella, como si el espacio personal fuera un lujo que él no consideraba necesario respetar. En su mirada se mezclaban los celos y el desprecio. Ella no replicaba. Mantenía la mirada baja, los labios apretados. Su postura, una vez más, era de resignación. El dueño, ese energúmeno del primer día, observaba la escena desde una esquina con una expresión de fastidio y desinterés, sin intención alguna de intervenir. Me bastó un instante para entenderlo: aquel joven era su pareja, su novio o algo parecido, y claramente otro de los hombres que la hacían sufrir. Pensé en marcharme. Pensé en intervenir. Pero opté por sentarme, con la esperanza de que mi presencia bastase para disolver la escena. No tardó en ocurrir. El tipo, al verme, masculló algo, lanzó una mirada cargada de desconfianza y salió del local con una risotada hueca. Ella siguió con la mirada clavada en el suelo unos segundos más, antes de levantarla y venir hacia mí. —Lo siento —dijo, sin que yo hubiera dicho nada. Negué con la cabeza. —No tienes por qué disculparte. ¿Estás bien? No respondió. Solo asintió levemente y me dejó el café sin mediar palabra. Volvió tras la barra y se refugió detrás de un libro. Al rato, vi que se trataba deEl largo adiós, de Raymond Chandler. No pude evitar sonreír. —Marlowe siempre sabe lo que hacer cuando las cosas se tuercen —comenté desde mi mesa. Ella ...