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Atelier
Fecha: 03/02/2026, Categorías: Transexuales Autor: Voluptas, Fuente: TodoRelatos
... exquisita. Una escena que contradecía cada lección que le habían enseñado en los estudios bíblicos: que la mujer debe ser recatada, sumisa, obediente al varón. Pero allí estaba ella, mirándolo con la serenidad de quien sabe que el deseo es una forma de poder. Y Elías, bajo esa mirada, se sentía más desnudo que nunca. ¿Siempre había sido así? ¿Incluso cuando él y sus amigos hablaban de sus tetas en voz baja, fingiendo devoción mientras la seguían con los ojos por los pasillos del Salón? ¿Ella ya lo sabía? ¿Los provocaba con esa manera de mover las caderas, de bajar los párpados, de caminar con una cadencia casi blasfema? ¿Y ellos… qué eran? ¿Predadores? ¿O presas que ni siquiera sabían que estaban siendo cazadas? Alicia habló. —Jamás imaginé que fueras tú —dijo, sin dureza, pero con firmeza—. Llevo una semana siguiendo a Eliane. Me encantaban los encajes, las medias, ese toque seductor. Pero nunca, ni por un segundo, pensé que eras tú. Elías tragó saliva. La frase no sonó despectiva. No era burla. Pero sí era un golpe seco, directo. —Y tampoco pensé que en el negocio de tu familia trabajaran con ese tipo de artículos —añadió, sonriendo, como si compartieran un secreto infantil—. Creo que deberías ayudarme a escoger algo lindo la próxima vez. Elías apenas logró articular palabras. —Técnicamente… nosotros… no vendemos eso —balbuceó—. Pero… a veces… las novias piden… detalles. Cosas que no están en la vitrina. Mi madre y mi tía… lo hacen a pedido. Es ...
... trabajo… artesanal. Alicia rió por lo bajo. No de burla, sino como quien huele algo delicioso y sabe que el otro aún no lo percibe. Se inclinó apenas hacia él, como si compartiera un secreto, pero con esa medida exacta que permitía sentir el roce del aliento sin que llegara a tocar la piel. —Debe ser el paraíso —dijo—. Tener todo eso al alcance. Esa ropa. Ese mundo. Mientras hablaba, sus dedos jugaban distraídamente con el borde de su manga, girando el anillo con movimientos lentos, casi hipnóticos. Sus ojos no se apartaban de Elías, pero no lo miraban con ternura ni con juicio: lo observaban como quien contempla un cristal extraño, buscando la grieta exacta por donde puede quebrarse. Sonrió otra vez, esa sonrisa leve, casi perezosa, que parecía flotar sobre las reglas que les habían enseñado desde niños. Cada gesto suyo era una negación elegante del dogma: la postura relajada, el perfume suave pero persistente, la forma en que su cuerpo ocupaba el espacio como si supiera —y aceptara con deleite— que estaba fuera de lugar. Y, sin embargo, no era vulgaridad. No era provocación burda. Era algo más oscuro, más afilado: una especie de sensualidad lúcida, que se sabía poderosa y no necesitaba demostrarlo. Como si llevara toda la vida entrenándose para ese momento. Elías bajó la cabeza. No era el paraíso. Era el infierno envuelto en encaje. Alicia no lo entendía. No podía. Y algo dentro de él se rompió. Sintió que ya no podía seguir fingiendo. Que, si no ...