-
Conny, una dulce tentación 6
Fecha: 25/03/2026, Categorías: No Consentido Autor: Roger David, Fuente: TodoRelatos
... subida sobre la otra. La separación del borde la mesa con la banca en la que estaban sentados, le permitían al viejo una panorámica espectacular de esos brillosos muslos de tonalidad blanca-cremosa, tonalidad que en esos momentos solo él podía ver y disfrutar, más el rico nacimiento de las tetas. Sin embargo, el roce que acababa sentir Constanza por debajo de la mesa había sido tan ligero que dudó si había ocurrido. Miró hacia debajo de todas formas, disimulada, pero él ya había apartado la mano, como si fuera casualidad. “—Estás imaginando cosas”, pensó, forzando una sonrisa—. “Es el alcohol” Don Úrsulo, sin embargo, no se detuvo. Con cada brindis, con cada risa fingida, su mano se acercaba un poco más. Un segundo dedo se unió al primero, trazando círculos casi imperceptibles en la piel cremosa del muslo de Conny. Ella apretó los labios. Su cuerpo se tensó como un arco, pero no se movió. “—Es por las flores”, se justificó. “Fue amable. No puedo ser grosera con él”. El tercer dedo llegó mientras él hablaba de la competencia con su voz baja y ronca como si le estuviera contando un secreto. Ya no era un roce. Era una caricia. Su palma, caliente y áspera por los años de trabajo en el almacén, se posó sobre su muslo con una lentitud que pretendía ser casual, pero que en realidad era una reclamación. Conny sintió el pulso acelerarse, no por el deseo, sino por la contradicción que la quemaba: quería alejarse, pero sus piernas no respondían. —¿Te pasa algo? —preguntó ...
... él, fingiendo preocupación, mientras su pulgar se deslizaba hacia arriba, rozando el borde de su vestido—. Estás tan tensa… ¿Necesitas relajarte? Constanza negó con la cabeza, pero su voz salió en un susurro que no sonó a negación: —Estoy bien. Solo… la cerveza. Mentira. La cerveza era solo una excusa. Lo que la aturdía era la forma en que esos dedos se movían, como si ya conocieran su piel, como si tuvieran derecho a tocarla. Pero no se alejó. No podía. Don Ursulo le había traído flores cuando nadie más lo hizo. Era su amigo. “—¿O no?”. La pregunta se enredó en su mente, nublada por el alcohol y la necesidad de creer que todo estaba bien. Don Úrsulo sintió una humedad en sus calzoncillos, el miembro ya la tenía tan duro como el acero bajo el pantalón. Pero no apresuraría las cosas. Sabía que un movimiento en falso la haría huir. Así que siguió hablando, riendo, llenando su vaso una y otra vez, mientras su mano se aferraba a su muslo con fuerza. Cada caricia era un hilo que tejía una trampa, y Conny, sin darse cuenta, ya estaba enredada. La joven por su parte, comenzó a perder la cuenta de los brindis. El mundo se balanceaba, las luces se tamizaban, y la mano del viejo almacenero sobre la tersa piel de su muslo, el que sobaba, era lo único que parecía real, preguntándose por qué no lo detenía, pero la respuesta se escondió bajo una ola de calor que subía desde su estómago. “—Es solo un roce. Es… normal… No veo mala intención”. Mientras tanto, Don Úrsulo alzó ...