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El círculo. Cap.39 El Centro del Círculo
Fecha: 04/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... la miró por primera vez en la noche con algo parecido a fuego en la mirada. —La jefatura no se suelta —dijo—. Pero primero aseguramos el corazón. Si tomamos la Cuauhtémoc, tomamos la narrativa. Si tomamos la narrativa… lo demás cae. Valeria lo interrumpió con calma: —Vamos a cerrar filas con los liderazgos de comerciantes, con las redes culturales y con las madres solteras. Ya hablé con dos colectivos feministas que detestan a Regina. Están listas para “viralizar” nuestras propuestas. Y ya tenemos encuestas segmentadas. Hizo una pausa. —Vamos a limpiar el piso con él. No rápido. No sucio. Vamos a hacerlo… elegante. Serrano asintió, casi con respeto. La veía como si viera un reflejo de sí mismo, pero más preciso. Más joven. Más temible. Por un momento, ella bajó la mirada. No por sumisión. Por memoria. Por lo que no decía. En su vientre, un hijo que aún no nacía. En su voz, la estrategia de una mujer que aprendió del dolor. Y decidió nunca más jugar en desventaja. __ Casa de Helena — Sala principal, 10:12 p.m. La sala estaba en penumbra. Una lámpara de pie alumbraba con un halo cálido un sofá gris, viejo pero mullido, en el que Helena se acomodaba cada noche para leer, pensar o simplemente esperar. Afuera, la ciudad parecía contenida en una pecera de neón y ruido lejano. Los edificios temblaban con las luces de los espectaculares. Pero adentro, todo estaba quieto. Damián cerró la puerta con suavidad. No traía escoltas. No hizo ruido. Se ...
... quedó unos segundos ahí, en la entrada, oliendo su casa, como si necesitara confirmar que aún olía a él. O a ella. O a los dos. Caminó sin prisa hasta la sala. Su sombra se proyectó contra la pared. Helena no se volteó de inmediato. Sabía que era él por cómo caminaba. Lento, con ese peso en los pasos que no era físico, sino de los que se arrastran cuando uno carga demasiados silencios. —Te fuiste dos días. Te tardaste cinco —dijo ella, sin mirarlo. Damián no contestó. Se dejó caer en el otro extremo del sillón, como si el cuerpo se le desarmara al tocar la tela. Traía la barba más crecida. Ojeras como ceniza bajo los ojos. Olía a avión, a viento, a cansancio. Helena lo miró por fin. Y supo. No necesitaba pruebas, ni confesiones, ni rastros. Lo conocía. Y lo que acababa de hacer, se le notaba en el silencio. —¿Hasta dónde más vas a bajar? —preguntó, suave. Casi con ternura. Damián cerró los ojos un instante. El aire parecía más espeso alrededor de él. Cuando abrió la boca, su voz era grave, hueca. —Ya bajé —dijo—. Ahora subo. Helena apretó los labios. No dijo nada. Solo lo observó. Lo vio como si lo viera por primera vez. Y al mismo tiempo, como si lo estuviera despidiendo. Una lágrima cayó sin aviso por su mejilla. No lloró fuerte. No sollozó. Era un llanto contenido, de esos que solo aparecen cuando uno ya se cansó de hacerse el fuerte. Se inclinó hacia él y lo abrazó. Con fuerza. Con miedo. Con resignación. El vientre, redondo, presionó contra ...