1. El Silencio Incestuoso de su Pequeña Melodía


    Fecha: 13/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    Nunca fui como las otras niñas, o al menos así lo sentía. Había algo en mi reflejo que no encajaba con las imágenes que llenaban las revistas o con los comentarios casuales en los pasillos de la escuela. Era más baja que la mayoría, mi cuerpo tenía una redondez que se notaba en cada pliegue de mi ropa y mi piel pálida parecía resistirse al sol. En el pueblo donde crecí, nadie lo decía en voz alta, pero yo aprendí a leerlo en las miradas. En casa, la diferencia tomaba otra forma: mientras mis hermanos debieron trabajar desde niños, mi padre insistió en darme la mejor educación que pudiera costear. Sabía que era un privilegio y también una carga. Desde pequeña, el miedo a fallarle me acompañó como una sombra. Aun rodeada de mi familia o de mis compañeros de colegio, la sensación de estar aparte nunca me abandonaba.
    
    Mi padre me recogía en la escuela y me llevaba a casa. Eran los momentos en que la casa se sentía más vacía, un eco silencioso entre las paredes. Mis hermanos solo llegaban por la noche, así que durante esas horas compartíamos un mundo de dos. Al llegar, la rutina se repetía: dejaba la mochila en cualquier rincón, subía las escaleras y me desnudaba frente al espejo. Me observaba con una mezcla de curiosidad y desagrado, buscando en mi reflejo una respuesta que nunca llegaba. Me comparaba con las demás niñas, con sus cuerpos ligeros, con la forma en que parecían encajar sin esfuerzo. Me preguntaba, una y otra vez, por qué yo no era como ellas.
    
    Mi padre era ...
    ... cantante. No un hombre famoso, pero su voz llenaba las pequeñas reuniones en la plaza del pueblo, lo buscaban para bautizos, bodas humildes, noches de guitarra y aguardiente. Y cuando estaba en casa, cantaba todo el día. Cantaba mientras cocinaba, mientras limpiaba, mientras pasaba por mi habitación y me veía atrapada en el reflejo de mi propio juicio. Siempre sabía qué cantar. Sus letras, dulces y sencillas, parecían escritas solo para mí, como si su voz pudiera despejar las sombras que yo misma proyectaba sobre mi cuerpo.
    
    Pero entonces su voz se apagó. No hubo advertencias ni despedidas, solo el golpe seco de la ausencia. Su silla vacía en la mesa, el silencio donde antes había melodía. Descubrí que el mundo sin su canto era un lugar más frío, y que el espejo, sin su voz a la distancia, se volvió más cruel.
    
    La muerte de mi padre no solo dejó un vacío en la casa, sino que también encendió en mí una llama de responsabilidad que ardía sin descanso. Su esfuerzo por brindarme una educación, mientras mis hermanos trabajaban desde temprana edad, siempre fue una carga que llevé con temor a defraudarle. Ahora, sin su presencia, esa carga se transformó en una promesa silenciosa que debía cumplir. Me refugié en los estudios, buscando en cada libro, en cada lección, una forma de honrar su memoria. Sin embargo, el peso de esa obligación me aislaba aún más, convirtiendo mi soledad en una compañera constante. La presión por ser la hija ejemplar, la estudiante perfecta, se convirtió en ...
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