1. El Silencio Incestuoso de su Pequeña Melodía


    Fecha: 13/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30

    ... bien.
    
    Mis caderas comenzaron a moverse con sus caricias.
    
    —Durante un orgasmo, el cerebro libera endorfinas, dopamina, oxitocina… Son como pequeñas recompensas químicas que nos hacen sentir placer, relajación, hasta felicidad. Es una reacción natural, una forma en la que el cuerpo responde a la excitación y la intimidad.
    
    Yo lo escuchaba pero también lo sentía.
    
    Se quedó en silencio un momento, aumento el rimo de sus caricias y yo me agité mucho, sentí algo increíble y luego caí desplomada, mi cuerpo estaba sudando y el calor no desaparecía, lo miré y Héctor sonrió. Un supe en qué momento mi mano en su pene había sido reemplazada por la suya y ahora observaba su pene, enorme moverse sobre mi cara.
    
    —Gracias, le dije. —Se sintió demasiado bien, esto no puede ser algo malo, ¿verdad?
    
    —No quiero que pienses que es algo malo —agregó—. Pero tampoco es algo que debas apresurar solo por curiosidad o porque alguien más lo espera. Para eso me tienes a mí y a Julián. Tiene que ser cuando tú lo quieras, cuando te haga sentir bien… no solo en el cuerpo, sino en la cabeza y en el ...
    ... corazón.
    
    Posteriormente comenzó a mover su pene con su mano, lo hacía muy rápido, sus bolas rebotaban a gran velocidad, coloco su mano izquierda sobre mi cabeza y la punta de su pene en mi boca, no tuvo que decir nada más en ese momento, mis labios estaban entreabiertos justo cuando unos chorros de un liquido espeso comenzaron a entrar en mi boca y a regarse por mi nariz, mis labios y mi barbilla. Fue la primera vez que me alimentaban, sentí que lo que había entrado en mi boca debía comerlo y así lo hice.
    
    Héctor se inclinó, me dio un beso en la frente
    
    —Descansa —murmuró.
    
    Se enderezó, tomó su ropa y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo un instante, como si quisiera asegurarse de que estaba bien, y luego desapareció en el pasillo, cerrando la puerta tras de sí con suavidad.
    
    Me quedé acostada, mirando el techo, con su esencia sobre mi rostro y con sus palabras todavía resonando en mi cabeza. Había tantas cosas que aún no entendía, tantas preguntas que no había hecho. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no me sentí sola.
    
    Y eso, de algún modo, me reconfortó. 
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