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El Silencio Incestuoso de su Pequeña Melodía
Fecha: 13/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... una melodía disonante que resonaba en mi interior, recordándome a cada momento la ausencia de su voz y la magnitud de mi deuda con él. Un día, en la escuela, durante el recreo, mientras el bullicio de risas y carreras llenaba el patio, yo me quedé en el salón. Apoyé la cabeza contra la ventana y me dejé llevar por pensamientos difusos, de esos que no tienen forma ni dirección, solo flotan. No sabía en qué pensaba exactamente, solo que me entretenía pasando la vista por mis cuadernos y libros, como si en sus páginas pudiera encontrar algo más que fórmulas y fechas. El sonido suave contra el vidrio me sacó de golpe de mi ensimismamiento. Me enderecé y volteé, sorprendida. Afuera, un chico delgado, con el cabello despeinado por el viento, me sonreía de forma temblorosa, como si el gesto le costara más de lo que debería. Se balanceó sobre sus pies y levantó una mano en un saludo tímido, casi temeroso. Algo en su expresión, en la manera en que dudaba incluso al mirarme, me hizo sentir algo extraño, como una nota fuera de lugar en una canción que creía conocer de memoria. Abrí la ventana, dejando que el aire fresco se colara en el aula. —Hola —dijo el chico con voz temblorosa, como si se arrepintiera de haber llamado mi atención. —Hola —respondí, sonriendo con extrañeza. No era común que alguien viniera a saludarme, y menos alguien mayor. Él se rascó la nuca, nervioso. —Soy Daniel. Tengo dieciséis. Parpadeé, sorprendida. No solo era mayor, sino que, por ...
... alguna razón, había venido a hablarme a mí. —Yo… tengo nueve —dije, sin saber qué más agregar. Daniel asintió, como si eso tuviera sentido. Se quedó un momento en silencio, mirando el suelo antes de atreverse a preguntar: —¿No te gusta salir al patio? —A veces —mentí. —A mí tampoco. —Sonrió, un poco más seguro esta vez. Eso me sorprendió. No me imaginaba a alguien como él —delgado, alto, con una voz que sonaba un poco más madura que la de los chicos de mi clase— evitando el patio por la misma razón que yo. La conversación fluyó con facilidad después de eso. Hablamos de cosas sin importancia: de los profesores que nos parecían aburridos, de las tareas que parecían eternas, de cómo el pan de la cafetería siempre sabía un poco rancio. Él me contó que le gustaba dibujar, pero que nunca le enseñaba a nadie sus bocetos. Yo le confesé que mi padre cantaba todo el tiempo y que ahora la casa estaba demasiado silenciosa sin él. No me di cuenta de cuánto tiempo había pasado hasta que el timbre anunció el final del recreo. —¿Te veo a la salida? —preguntó Daniel, con un tono que dejaba claro que no estaba seguro de la respuesta. Asentí sin pensarlo demasiado. —Sí. Su sonrisa temerosa volvió a aparecer, pero esta vez fue un poco más firme. —Entonces, hasta luego. De pronto, por un momento, no me sentí aislada ni sola. Ahora que lo pienso, me ilusioné en un parpadeo. Cuando caminábamos después de clases, él me acompañó a casa. Fue entonces cuando lo ...