1. Presa escurridiza - Cap 2


    Fecha: 23/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: tripleG, Fuente: TodoRelatos

    ... aquello era probablemente donde las vendían, pensó Kimberley. Cat y Bárbara miraban alrededor, tan silenciosas y pensativas como ella misma.
    
    “¿Señoras?” el señor Brown rompió el silencio. “Por aquí, por favor.” Las condujo hacia la fila de jaulas más cercana. “Recuerden las reglas.”
    
    Las dos primeras jaulas estaban vacías, pero había una mujer dormida en la tercera, tumbada de costado sobre una gruesa manta, de cara hacia ellas. Estaba desnuda. Cabello rubio claro sobre el rostro, escondiéndolo de su vista. Kimberley tuvo que fijarse. Quienquiera que fuera parecía joven y muy en forma. Le ponías un bikini y era fácil imaginársela jugando un agotador partido de voleibol con sus amigas en la playa. Y allí estaba, cautiva, esperando… ¿qué?”
    
    “Ah…” Kimberley tuvo que aclararse la garganta antes de poder hablar. “¿Tienen… eh… hay subastas aquí?”
    
    “Sí, señora, cada noche a la puesta del sol.” El señor Brown sonrió. Era una sonrisa amable. “Las señoras serán bienvenidas si vienen a ver la de esta noche, si lo desean. El hotel les proporcionará escoltas.”
    
    La mujer de la jaula se agitó y murmuró algo en sueños.
    
    “¿Escoltas?”
    
    “Sí, señora. Es otra regla. No se permiten mujeres sin acompañar. Jamás.”
    
    “¿Por qué no?” quiso saber Cat.
    
    El señor Brown le sonrió cálidamente. “Mi buena señora,” se rió entre dientes, “ayuda a mantener a los subastadores centrados en la subasta. Y creo que cualquiera de ustedes sería una poderosa distracción para ellos. Por otra parte ...
    ... esta población funciona solamente porque tenemos algunas reglas que tienen que cumplirse, si cualquiera quiere seguir aquí. Y estas reglas tienen que observarse porque hay muchas reglas de las que se aplican fueran que no se siguen aquí.”
    
    “Oh.” Asintió Cat. “Sí, eso tiene sentido… supongo…”
    
    La mujer de la jaula volvió a agitarse. Se sentó, les miró a los cuatro, y luego se puso en pie, estirándose, bostezando. No hizo ningún esfuerzo por cubrirse, y Kimberley no pudo evitar mirarla. Era alta, de piernas largas, pechos llenos, pezones rosados y rubia por todas partes. El sedoso felpudo, arreglado a la cera para ajustarlo al biquini, donde se unían los muslos, era exactamente del mismo color que el cabello. Las cejas eran solo un tono o dos más oscuras. Y no estaba totalmente desnuda; había un fino cordón rodeándole el esbelto cuello. Del cordón colgaba una etiqueta, un simple anillo de metal con un trozo de papel o cartulina insertado en él. Sobre él estaba escrito el número “8”. Kimberley miró la etiqueta hasta que se dio cuenta de que Ocho la estaba mirando a ella. Ocho tenía unos fríos ojos azules sobre unos carrillos altos. No parecía en absoluto embarazada respecto a la situación… ni divertida, tampoco. Kimberley tuvo que desviar la mirada.
    
    “Por aquí, señoras,” se rió el señor Brown.
    
    Kimberley contó doce de las jaulas más pequeñas en total, seis a cada lado del edificio. Además de la que retenía a Ocho, solo tres de ellas estaban ocupadas. En una había una mujer ...
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