1. Hipnosis erótica II 6: adicto a mamá


    Fecha: 28/06/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos

    ... un instante más, con esa especie de ansiedad que me dejaba casi sin aire. Entonces, con cuidado, agarré el cubrecama y lo retiré hacia abajo, despacio, como si destapara algo sagrado. La sábana se deslizó con él. Y ahí estaba el maravilloso cuerpo de mamá.
    
    Llevaba puesto un camisón de seda finísima, de un tono claro que no llegaba a ser blanco. La tela apenas le cubría lo esencial, adherida a su piel como una segunda capa líquida. Sus tetas, grandes, redondas, se apretaban contra el camisón como si quisieran romper el tejido. Cada respiración hacía que el borde de la tela vibrara sutilmente sobre sus pezones, y eso fue suficiente para que la pija se me pusiera dura como una roca.
    
    Tragué saliva.
    
    Me detuve, disfrutando solo de mirarla durante un instante. Porque verla así, indefensa y perfecta, era un espectáculo en sí mismo. El pelo le caía suelto, desparramado por la almohada como una mancha oscura. La luz dorada hacía que su piel brillara con un tono suave, casi irreal. Una pierna se había doblado apenas, y eso me permitió ver parte del muslo, liso, largo, con una curva que terminaba en la insinuación de la cadera. Todo era exacto. Todo estaba hecho para el deseo.
    
    Me acerqué un poco más. Sentía que podía escuchar el silencio. El calor de su cuerpo se notaba desde donde estaba yo. Me incliné. Aspiré. Todavía tenía ese aroma suave, entre crema de baño y sueño profundo. Un perfume que no venía de un frasco, sino de ella. Era un olor íntimo, húmedo, vivo.
    
    Me ...
    ... incliné sobre ella. Apoyé la mano en su hombro desnudo y la sacudí con suavidad. Una, dos, tres veces. Recién entonces se movió. Abrió los ojos lentamente, con la mirada empañada de sueño. El pelo negro le caía sobre la cara, cubriéndole parte de la frente y los pómulos como una cortina suave. Pero aún así, el brillo de sus ojos verdes asomaba desde abajo.
    
    —Hola, Rafa... —murmuró, con una voz ronca y apacible—. ¿Qué querías?
    
    Llevé la mano a su mejilla y la acaricié despacio, dejando que mis dedos resbalaran hacia la línea de su mandíbula. Sentí el calor de su piel, la ternura del momento, la lujuria apenas contenida.
    
    —¿No sabés qué quiero? —le dije, apenas por encima del susurro.
    
    Ella me miró con un dejo de confusión que no duró más de un segundo.
    
    —No sé...
    
    —A ver, pensalo un poco —le respondí.
    
    Ella desvió la mirada un instante, como si buscara una respuesta en el aire.
    
    —Me querés coger —dijo entonces.
    
    —Sí, ma.
    
    —¿Cómo querés hacerlo? —preguntó.
    
    —Boca abajo, con la pierna flexionada. Ponete cómoda —le dije.
    
    —Está bien —respondió ella, con la misma calma dócil de siempre.
    
    Me subí a la cama con lentitud, como quien entra en un templo. Me ubiqué a su lado y dejé que la mano se deslizara con una naturalidad nueva, desde la parte baja de su espalda hasta el dobladillo del camisón. Lo levanté, apenas lo justo para pasar los dedos por debajo. La yema de mi mano encontró enseguida la tela diminuta de su ropa interior. Tiré de ella, a la vez que sentía ...
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