-
Diario de un Consentidor 200 Soledades
Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... acercarla al espejo y se desgarró; pareció asustarse. Vamos, mírate, dije zarandeándola por la prenda, no reaccionó, siguió con la vista clavada en su imagen. Me volví loco, tiré de la tela que se abrió con un crujido, el hombro quedó a la vista. A mi cabeza vinieron imágenes de escenas que me había contado y por alguna extraña razón encajaban en el momento que estábamos viviendo: Roberto abusando de ella, Mahmud preparándola para la fusta. Agarré la cinturilla del pantalón y lo bajé de una brusca sacudida; las bragas quedaron descolocadas y no tardé en tirar de ellas hasta dejar el pubis desnudo. —¡No le debes nada, eres una puta, dilo! Ella permaneció inmóvil sin apartar los ojos del espejo, lo cual aumentó mi locura, agarré el escote con las dos manos y lo rasgué, uno de sus pechos quedó descubierto. Ahí estaba, tal cual había imaginado que debió de quedar cuando Roberto estuvo a punto de violarla. —¡Mírate, no eres más que una puta, dilo de una vez! —¡Soy una puta! —gritó desesperada y me sacó de mi enajenación—. Soy una puta —pronunció como un lamento mirando a la mujer reflejada en el espejo—, soy una puta. Se volvió. Hice intención de hablar, quería pedirle que se detuviera, pero de mi garganta no salió ningún sonido. —Soy una puta, una furcia. Ya no le hablaba a la mujer del espejo, tampoco a mí y me asustó lo que había provocado. —Carmen, no… —¡Calla!, tienes razón, no sé por qué, pero me está haciendo bien. Miró hacia su ...
... reflejo. —Soy una... Sí, soy una zorra, una…. ¡puta! —le lanzó a la imagen de sí misma con desprecio. Se acercó un par de pasos, yo retrocedí; no lo recordé hasta mucho después. Cogió los bordes de la camiseta y terminó de rasgarla de un fuerte tirón. La visión de sus pechos desnudos me provocó una sensación trágica que traté de ahuyentar. —Me he convertido en una prostituta. —No Carmen, para. —Me está sanando. —dijo con tal seguridad que desistí—. No sé en qué sentido, lo noto, lo sé, lo he sabido siempre, solo ahora lo puedo reconocer sin resistirme, soy una prostituta, Mario, una puta. Me engañaba y te engañé cuando decía que rechacé la idea de venderme a Borja; no es cierto. Le dije que esa vez el servicio iba a salirle gratis; si no hubiera llamado Irene me habría marchado con él, a follar, a cualquier sitio. Se lo dije porque no sabía cuánto pedir, pero ya era un trabajo de prostituta ¿no te das cuenta? Me sobrecogió su franqueza, no podía calibrar las consecuencias de lo que acababa de hacer con ella. —Carmen, lo siento… —No, calla; sigue con tu plan. ¿Plan, qué plan? Todo era fruto de la improvisación y probablemente de la coca a la que no estaba habituado; Carmen tenía más fe en mí de la que yo podía encontrar en mis actos. La cabeza me iba a estallar, sentía el latido del corazón en el cuello, me temblaban las manos. ¿Cómo había podido llegar a esto? Me encontraba en un callejón sin salida, vacío de ideas mientras ella me miraba expectante. —Prepara ...