1. Diario de un Consentidor 200 Soledades


    Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos

    ... ajustaron al cuello. Diego me miró y le di la aprobación, era el complemento perfecto aunque sobraba el detalle del corazón, un tanto ordinario.
    
    Curro salió y volvió poco después acompañado de un hombre de unos cincuenta, moreno, de pelo rizado canoso, entrado en kilos,
    
    —A las buenas tardes.
    
    —Te estábamos esperando, Leonardo. Aquí la tienes, la madrileña, y por si te quedas con ganas, a la siete ya la conoces.
    
    —Qué buen ganado manejas, cabrón.
    
    —Mario Suárez, mi socio en Madrid. Se encarga de ella en la capital.
    
    —Bonito trabajo. —dijo ofreciéndome una mano repleta de anillos.
    
    —No me puedo quejar. —respondí metido en mi papel de explotador de mujeres
    
    —¿Una copa?
    
    —Después, primero la obligación y luego la devoción, es lo que dicen.
    
    Echó una risotada a la que se unió Diego y yo tímidamente con una muda sonrisa; enseguida se fue a por Carmen, me sorprendió su actitud: lejos de estar cohibida, afrontó el encuentro con naturalidad, no la había visto nunca metida en faena, me impactó ver a una mujer segura de sí misma, con muchas tablas que dominaba el oficio; aquel putero, al que le sacaba la cabeza, no iba a representar ningún problema. «Menuda pieza», dijo, la cogió de una mano y la hizo girar; después de cebarse en los aros vio la piedra negra entre los glúteos, «¡Pero qué coño es esto!», exclamó, se agachó para ver mejor la joya con el logo del Penta, soltó una carcajada y se volvió hacia Diego.
    
    —Qué jodío eres, lo tienes todo ...
    ... pensado.
    
    Le manoseó el culo, tocó el adorno como quien pulsa un botón, luego le propinó un fuerte azote, Carmen sonreía; pronto estuvo en sus brazos soportando unos besos ansiosos sin destino concreto, la recorría con avidez sin satisfacerse en ningún lugar, Diego fingió querer frenarlo, «Tío, deja algo para luego», ella sonreía indulgente, se dejaba sobar y con cierta dificultad logró dirigirlo al sillón que poco antes había ocupado, lo sentó y empezó a menear una escasa verga, Candela se acercó y le puso algo en el puño, debía de ser un condón —sí, eso era—, se lo llevó a la boca y después de unos cuantos meneos comenzó a mamarla, a los pocos segundos vi el preservativo desenrollado a lo largo del miembro. Candela trató de hacer su trabajo conmigo, pero entendió que estaba demasiado ocupado en no perder detalle de la faena de la nueve que, arrodillada en el suelo, culminaba una soberbia felación; el invitado mugió como un toro y tras varios botes quedó derrengado. Carmen le retiró la goma, hizo un nudo y la escondió bajo el sillón. El muy animal se recuperó y la tumbó de espaldas para montarla, debía de venir saturado de Viagra, a duras penas consiguió contenerlo para ponerle una segunda funda. Mi socio vino a interrumpirme, me llevó hacia el fondo del despacho hablando del acuerdo, de las llamadas que iba a hacer para sacarle provecho, «si me hubieras avisado…»; yo caminaba mirando hacia atrás, la visión del verraco empalando a mi mujer como un émbolo a toda máquina me tenía ...
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