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Diario de un Consentidor 200 Soledades
Fecha: 04/08/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... el punto de ser admitidas en círculos reservados a los varones, como los simposios de ciencia, arte y filosofía, y sus opiniones era tenidas en gran consideración. Eso es lo que soy, según Javier, mucho más que una geisha». Me lo contó con un rasgo de orgullo, no le di importancia hasta que la vi hablando en aquella mesa y a Candela y a los dos invitados prestándole atención. Carmen, la hetaira, la mujer hermosa, culta, libre y refinada. Lejos, infinitamente lejos. El hombre canoso le dijo algo al oído, ella se levantó y desapareció tras la barra, al cabo de un rato volvió vestida de calle, los vi marcharse y me alarmé, ¿a dónde la llevaba para que el atuendo de puta no fuera adecuado? Candela tardó unos minutos en salir con el otro. Tomé una segunda copa y una tercera, una hora después la vi volver, entró dentro y apareció a los pocos minutos. Buscó a Diego y éste la dirigió a mí, claro. —¿Y Carmen? —Ha cerrado un servicio de dos horas, pero no la esperes, no va a volver. —¿No?, por qué, ¿dónde han ido para tener que cambiarse de ropa? —Es un cliente de confianza, lo conozco, no tienes de qué preocuparte. —¿Quién es? —Son gente de la alta sociedad sevillana. Candela esquivaba mis preguntas. No podía quitarme de encima una inquietante sensación de peligro. —Pero… esto antes no era así, el Penta es un club de barrio, no encajan en un lugar como este. —Diego está haciendo nuevos contactos, no sé con quién se relaciona, gente muy importante, por ...
... eso ha puesto tanto empeño en conseguir a Carmen. Estos han venido expresamente a conocerla. —No lo entiendo, desde luego no han ido a echar un polvo. —Cálmate, está todo bien. Así van a ser las cosas a partir de ahora. —¿Así? ¿cómo? ¿a qué te refieres? Dio una calada a mi cigarrillo. Esperaba algo de mí, algo que no supe interpretar. —Dice Diego que arregle cuentas contigo. Toma. —Abrió el pequeño bolso de mano, sacó unos billetes doblados y me los metió en el puño. Una acuciante sensación de clandestinidad me hizo guardarlos. —¿Cuánto es? —Doscientos euros, esta gente paga mejor. —¿Cuánto…? —«es tu parte», quería saber, pero no fui capaz de preguntarlo, no estaba preparado para hacer de chulo. —Tengo suerte, Diego se queda el cincuenta por ciento y me da un porcentaje de las copas; en otros sitios es peor. —Quédatelo. —Mario, no —atajó con firmeza—, ahora trabajo para ti. —añadió ilusionada. De nuevo ese cosquilleo tan potente me encogió los testículos y ascendió a la garganta. ¿Sería capaz de prescindir de esto? —No me importa el dinero. Voy a sacarte de esta vida. —Lo he oído demasiadas veces. No prometas nada que no puedas cumplir. —Siete, te esperan. —le vino a avisar la mulata. —Gracias, Deylin. Me dio un beso, se levantó y se ajustó el vestido, estaba arrebatadora. —No bebas más. «Va a trabajar para mí», pensé con una mezcla de placer y temor a engancharme. No le haría ningún bien, Candela tenía una carencia de ...