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¡La Concha de mi Hermana! [11]
Fecha: 14/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos
... todo. Porque en medio del quilombo, después de haber sido insultada como una cualquiera, lo que salía de su boca no era enojo, ni dignidad, ni furia. Era ese intento de aplacarlo, de hacerle creer que nada de lo que él acababa de decir importaba. Flaca, le mandaste una foto a tu novio con la pija de otro tipo bien metida en el orto. ¿Dónde quedó esa actitud desafiante y rebelde? Ese “igual te amo” me cayó como una cachetada. Me resultaba imposible de entender que alguien como ella, tan segura, tan radiante, se quebrara así frente a un tipo que no hacía otra cosa que rebajarla. Y sin embargo ahí estaba, desesperada por volver con él. Como si pedirle perdón fuera más urgente que cualquier humillación. Mientras me incorporaba como podía, todavía con los pulmones cerrados, me cayó encima una claridad que no era mía. No era de Abel. Abel nunca devolvía un golpe. Nunca entraba en pelea. Siempre evitaba los conflictos. Por miedo, por costumbre, por cobardía. Pero Cristian… Cristian no se bancaba que lo cagaran a trompadas en la calle mientras la mina pedía perdón por algo que no tenía que disculpar. Así que me paré derecho. Y sin pensarlo mucho, le encajé un puñetazo en la boca. Fue duro. Preciso. Ni yo sabía que podía pegar así. Sentí el crujido de los dientes al contacto, y vi cómo el grandote tambaleaba, con los ojos bien abiertos como si le hubiera explotado un petardo en la cara. Durante un segundo largo, no dijo absolutamente nada; simplemente me miró, con ...
... la boca entreabierta y los ojos clavados en los míos, como si no pudiera procesar lo que acababa de pasar. Pero esa quietud no duró mucho, porque enseguida, como si algo dentro suyo hiciera combustión, volvió la bestia. —¡Te voy a matar, hijo de puta! —escupió, con la voz rota por la furia. No esperé a ver si cumplía. Le metí una patada en el estómago —más desesperada que técnica— y cuando lo vi doblarse levemente, salí corriendo hacia la tienda. Empujé la puerta con el cuerpo todavía tenso, entré casi tropezando y la cerré de un tirón detrás mío. Daiana estaba a unos pasos, mirándome con una ceja levantada, como si supiera exactamente lo que acababa de pasar allá afuera. Sin decir una sola palabra, se acercó con paso firme y bajó la traba metálica de la puerta, que cayó con un clac seco y definitivo, como un telón que se cierra justo a tiempo. Me apoyé contra el mostrador, todavía jadeando, con la adrenalina haciendo vibrar cada músculo. Daiana me observó en silencio, con una expresión difícil de leer, entre fastidio y leve aprobación. En ese instante, mientras trataba de recuperar el aire y de entender en qué momento me había metido en semejante quilombo, me descubrí a mí mismo dudando. Porque no sabía si lo que acababa de hacer era una boludez monumental… o el gesto más digno que había tenido en años. —No quiero problemas —dijo Daiana, mirándome con ese gesto que mezclaba advertencia y cansancio. Me enderecé como pude, todavía con el cuerpo sacudido por ...