1. ¡La Concha de mi Hermana! [11]


    Fecha: 14/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos

    ... llamo Gisela. Y no conozco a ningún Abel.
    
    —Ah… y yo no conozco ninguna Gisela —contesté, con una media sonrisa torpe, mientras me rascaba la nunca.
    
    La empleada, que había estado observando la escena con una sonrisa cortés, dijo:
    
    —Gise, podés pasar al probador, está libre.
    
    Gisela asintió, agarró la caja y caminó hacia el fondo del local sin volver a mirarme. Yo la seguí con la vista hasta que desapareció tras una cortina de lentejuelas plateadas.
    
    Entonces noté que la empleada me miraba. Tenía el ceño fruncido, los labios apretados y esa expresión que uno pone cuando algo no le cierra.
    
    Me paralicé. Como si me hubieran pescado robando caramelos en una tienda de golosinas. Me sentí un idiota.
    
    —Espero que no seas de esos pelotudos que andan siempre de levante —me largó la empleada, sin filtro, apenas Gisela desapareció detrás del probador—. Gisela es una buena clienta. No quiero que me la espantes.
    
    Me quedé duro. La vergüenza me subió de golpe, como una ola caliente por el cuello. Sentí que me ponía rojo hasta detrás de las orejas.
    
    —No, no… nada que ver —dije rápido, levantando las manos como si me estuviera rindiendo—. Te juro que no soy así. No intentaba chamuyarla ni nada por el estilo. Solo... me pareció conocerla. De verdad. Pero ya está, no voy a molestar. Prometo no causar problemas.
    
    Ella me miró un segundo más, como midiendo si me creía o no. Después asintió con la cabeza, seca pero sin agresión.
    
    —Muy bien, Abel... —dijo, marcando mi ...
    ... nombre con una sonrisita que tenía más de burla que de amabilidad—. Mi nombre es Daiana, por si te interesa.
    
    Sentí el golpe, suave pero certero. Me la había devuelto con elegancia.
    
    —¿En qué puedo ayudarte?
    
    Me rasqué la nuca. No sé por qué, pero en los peores momentos siempre me agarra como una especie de urticaria molesta ahí, justo ahí. Debe ser nervios, supongo… aunque nunca me doy cuenta hasta que ya tengo la mano rascando.
    
    —Necesito... no sé, algo para verme distinto. Pero sin parecer un ridículo, ¿sabés? Es para...
    
    —Pará —me interrumpió Daiana, levantando una mano mientras giraba hacia una estantería—. Prefiero no saber para qué la gente usa los disfraces. Yo solo los vendo.
    
    Y ahí, por primera vez desde que entré, sentí algo parecido al alivio. Me cayó bien. Esa manera de no preguntar, de no querer saber más de la cuenta, me pareció perfecta. Agradecí en silencio no tener que explicarle que me iba a ver con una mujer casada y que necesitaba ser otro por un rato.
    
    Le expliqué más o menos lo que quería y al rato ya estaba frente al espejo, con un quincho castaño tirando a rubio que parecía hecho con los restos de un escobillón. Además, un bigote espeso y algo torcido que Daiana insistió en que combinaba. No sabría decir si lo dijo en serio o con ironía, porque con ella nunca se sabe.
    
    Después me ofreció unos lentes de contacto celestes, aunque me advirtió que primero tenía que comprarlos. No aceptaban devoluciones de ojos usados, según sus palabras. Me los ...
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