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¡La Concha de mi Hermana! [11]
Fecha: 14/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Nokomi, Fuente: TodoRelatos
... definitivamente Abel no usaría. Me gustaba cómo quedaban juntos. Volví al mostrador con las prendas en la mano, entusiasmado por probarme el conjunto completo. Pero cuando llegué… no había nadie. La tienda estaba vacía. Ni señales de Daiana. Miré hacia el fondo. El pasillo que llevaba a los probadores seguía abierto, la cortina plateada se movía apenas con la brisa del aire acondicionado, pero no se escuchaba ni un paso, ni una voz. Me quedé quieto, con la ropa colgando del brazo. ¿Y si demoré tanto que Daiana se olvidó de mí? No, eso no tiene sentido. Las luces siguen encendidas y el cartel de “Abierto” sigue en la puerta. Quizás solo salió a comprar algo para tomar. Me encogí de hombros, no es mi problema si una empleada se ausenta de su lugar de trabajo. Fui hasta el probador más cercano y cuando corrí la cortina me llevé una de las grandes sorpresas de mi vida. Gisela, esa imponente morocha, tenía puesto un conjunto de cuero negro, con una estética que parecía sacada de una película sadomasoquista. Sus tetas parecían gigantescas, apretadas dentro de ese corpiño negro. Las medias de red le daban un aura imponente a sus torneadas piernas. Y lo más salvaje de todo era que Gisela tenía un pie subido a un taburete de madera, y nada que cubriera su entrepierna. Y esperen, porque ahí no termina la cosa. De rodillas, en el suelo, estaba Daiana… metiéndole la lengua en la concha. Esa concha era un espectáculo divino. Completamente depilada, cubierta de viscosos jugos ...
... vaginales y la saliva de la flaquita lesbiana. Daiana no paró de mover su lengua. Ni siquiera cuando me vio de reojo. Fue como si me dijera con la mirada: “¿Quién te invitó a mirar?” Me quedé clavado. El tiempo se volvió una cosa espesa, como si el aire se hubiera vuelto más denso de golpe. Lo primero que sentí fue asombro. Después, fascinación. Y enseguida, una vergüenza tan fuerte que me ardieron las orejas. Supe, con total claridad, que no debería estar mirando. Que tenía que cerrar la cortina en ese mismo instante. Pero no lo hice.Gisela se ruborizó al verme, con una intensidad que me hizo pensar que yo debía estar del mismo color, o peor. Había algo desconcertante en ella. Su cuerpo —tan seguro de sí, tan decidido— seguía allí, erguido, curvilíneo, sin buscar esconderse. Era como si su postura hablara un idioma distinto al de su cara. Porque en su cara se percibía otra cosa: una vergüenza nítida, desbordante, que no sabía esconder. Los ojos le temblaban. La boca estaba entreabierta, como si quisiera decir algo pero no encontrara las palabras. Esa contradicción me dejó aún más descolocado. Era como ver dos versiones de la misma mujer: una que sabía exactamente quién era, y otra que no podía sostener esa mirada frente a mí. Y entre ambas, yo, sintiéndome cada vez más intruso, más culpable, más imbécil. Pero en ningún momento Gisela intentó cubrirse. Mantuvo su mano izquierda sobre la cabeza de Daiana e hizo que la flaquita punk siguiera bien pegada a su concha. Y ...