-
La búsqueda (IV)
Fecha: 20/08/2026, Categorías: Grandes series, Autor: MN_IS, Fuente: CuentoRelatos
... contestó Moní a Isa, entre dientes. Los tres rieron. Nadie le contestó a Moní su pregunta, pero ella no volvió a preguntarlo. Se encontraron de pronto frente al motel, que se anunciaba en letras grandes pero opacas, como si no quisiera ser visto. —Pasen ustedes dos, que parecen una linda parejita —dijo ella. —Repítelo y te diré que pareces tú —dijo ella con saña. Moní no quería imaginarse como pareja de Mario. Él era mayor que ella, y de una clase social con la que ella no quería identificarse. No era objetivamente atractivo (si es que existe algo así), ni podía ser para ella algo más que una “búsqueda”, una aventurilla semanal. Es cierto que ahora efectivamente quería tener sexo con él, pero eso era sólo por la manera en la que se habían dado las cosas. Precisamente por eso, no le iba a permitir a su amiga que ilusionara a Mario de esa forma. Otra cosa era Isa, que enloquecía a Moní completamente. No la quería llamar “su novia”, porque Moní se sentía heterosexual… o algo así. Pero aun así se preguntaba con cierta tristeza “ay Isa, ¿por qué no quieres que nos registremos juntas?”. —Ustedes pasen. Yo después —insistió Isa, acercándose a Mario y dándose un profundo beso. —Queen. —Como gustes —dijo él. El recepcionista no estaba, por lo que Moní y Mario dedicaron unos segundos a explorar el diminuto recibidor. Había tres sillas de mimbre, compactas y resistentes, a los lados de una mesa de vidrio. Dos fuentecitas atravesaban un pequeño jardín zen de arena ...
... fina, manchado con piedras y musgo. El agua de las fuentes se encontraba en el centro del jardín; allí abajo debía haber una bomba que reciclaba el agua para reiniciar el ciclo. Dos libreros, extrañamente cerca de las fuentes, tenían títulos que ni Mario ni Moní habían visto nunca. Desde arriba de los libreros, estatuas dioses desconocidos los veían con ojos pícaros. Moní acercó su dedo meñique a la mano de Mario, quien rozó la mano de ella. De roce en roce, se tomaron las manos, mientras admiraban ese cuarto extraño, donde sólo se escuchaba el flujo del agua. —Buenas noches —dijo el recepcionista, con un tono de cortés impaciencia. —Muy buenas —dijo Mario, con una voz respetuosa y divertida, que Moní sólo le había conocido como profesor. —Disculpe, no notamos que usted hubiera regresado, queremos… —¿A qué se refiere con “regresado”? —Oh, es que cuando llegamos, usted no estaba. —No. Cuando llegaron, yo estaba. No puede ser de otra manera. Yo siempre estoy aquí. El recepcionista, que estaba sentado detrás de un vidrio grueso, debía medir un poco más que ella y un poco menos que Mario. Profundamente moreno, delgado y de ojos vidriosos, usaba una poblada barba de candado que resaltaba sus labios gruesos. El traje azul marino resaltaba el color de su piel. Lo extraño del diálogo hizo intervenir a Moní, quien además se sentía llamada por el atractivo de aquel desconocido. —No, de verdad. Vimos la recepción: usted no estaba. —Debo insistir en que no es ...