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La grieta
Fecha: 25/08/2026, Categorías: Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... el pecho. —Ella es Amanda —aclaró Sona, apoyando una mano en la cuna. Luego, con naturalidad, le indicó la mesa—. Siéntate, ¿quieres un café? El joven aceptó, y mientras Sona servía, él la observaba en silencio. No disimulaba la forma en que sus ojos recorrían sus piernas descubiertas bajo la bata ligera. —Eres una mujer muy hermosa… —comentó él, con tono casual, pero la mirada fija en sus caderas. Ella, girando apenas la cabeza, con media sonrisa. El silencio se volvió cómplice. —La verdad es que sí me habías… llamado la atención —admitió él, en voz baja, inclinándose sobre la mesa. Ella le devolvió la mirada, sosteniéndola unos segundos más de lo debido, y con un tono entre juguetón y peligroso soltó: —Entonces… vamos a ver hasta dónde llega esa atención. El café quedó olvidado sobre la mesa cuando Sona, inclinándose un poco más de lo necesario para alcanzarlo, dejó que su bata se abriera apenas, revelando la curva natural de sus pechos; él no apartó la mirada, y fue entonces cuando ella, con una decisión descarada, apoyó la mano en su muslo al pasar junto a él, lenta, firme, lo bastante arriba para que supiera que no era un gesto inocente; el joven contuvo el aire, pero no retrocedió, al contrario, inclinó el cuerpo hacia ella y sus labios quedaron peligrosamente cerca, respirándose mutuamente. Él reaccionó con un movimiento tan natural como atrevido: atrapó la mano de Sona contra su muslo y la guió un poco más arriba, hasta que ella sintió ...
... el calor y la dureza creciente bajo la tela; el contacto la estremeció, y sin pensarlo se inclinó lo suficiente para rozar sus labios con los de él, un beso rápido, húmedo, pero cargado de toda la electricidad contenida; cuando se separaron, apenas un instante, ella se mordió el labio y murmuró con picardía: —Esto no se queda aquí. El mandato cayó como un golpe seco en el aire: “Arrodíllate, puta.” Sona no respondió, ni con palabras ni con gesto; lo único que hizo fue dejar que esa palabra la atravesara, encendiendo en su vientre un fuego que no recordaba haber sentido con tanta intensidad. Sus piernas se aflojaron solas, y el piso frío bajo sus rodillas se volvió un altar secreto. Lo miró desde abajo, con la respiración agitada, descubriendo que en esa sumisión momentánea no había vergüenza, sino poder: el poder de elegir entregarse, el poder de explorar su propia hambre sin miedo. La excitación le recorrió la piel en oleadas, haciéndola vibrar. Y entonces lo notó, tan cerca de su rostro que apenas podía evitarlo: la verga dura y grande de su joven vecino, erguida con descaro frente a ella, reclamando un lugar dentro de esa rendición que acababa de aceptar. La sostuvo con una mano, pesada, cálida, y la llevó a su boca. El primer roce de su lengua fue húmedo, reverente, y al sentir cómo él se estremecía, la excitación se multiplicó. La fue tomando cada vez más hondo, dejando que la dureza se hundiera en su garganta, que su boca fuera un refugio, un escondite ardiente en el ...