-
Tres en la terraza: una jubilada insaciable
Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... —responde, con ese tono entre serio y juguetón que me desarma—. ¿Te importa si me uno a ti? Hace tiempo que quiero probar esta máquina. «Mentiroso», pienso. Lo he visto en el gimnasio durante meses y nunca se ha acercado al remo. Pero asiento, como si su petición fuera la cosa más natural del mundo. Se sienta en la máquina de al lado, tan cerca que puedo oler su colonia mezclada con ese aroma personal que me recuerda a madera y especias. Comenzamos a remar en un silencio cómplice, nuestros movimientos sincronizándose casi sin querer. —¿Sabes? —dice después de unos minutos—. Hay algo que me intriga de ti y tu marido. Mi corazón da un vuelco. Las dudas me asaltan «¿Nos ha visto? ¿Sabe lo de Fresita? ¿Ha escuchado nuestras conversaciones en la terraza?» —¿Ah, sí? —logro articular, manteniendo el ritmo del remo. —Sí —continúa, su voz bajando un tono—. Parecéis tan... libres. Tan cómplices. Como si compartierais un secreto maravilloso que os mantiene jóvenes. Me relajo y sonrío, dejando que una gota de sudor resbale deliberadamente por mi cuello hasta perderse en mi escote. —Quizás lo compartimos —respondo, mirándole directamente—. Quizás el secreto es no tener secretos. O tenerlos... pero juntos. Vicente deja de remar, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me seca la boca. —Esa es una filosofía interesante —murmura—. Muy... liberadora. —Lo es —confirmo, deteniendo también mi máquina—. Fabrice y yo creemos que a nuestra edad, la vida ...
... es demasiado corta para no explorar todo lo que nos hace felices. Hay un silencio cargado de electricidad. Puedo sentir la tensión entre nosotros, espesa como miel caliente. —¿Y qué os hace felices, exactamente? —pregunta finalmente, su voz un tono más grave de lo habitual. Es ahora o nunca. Respiro hondo y me lanzo al vacío. —Nos gustaría invitarte a cenar esta noche —digo con una calma que no siento—. A las nueve. Para descubrirlo juntos. Sus pupilas se dilatan visiblemente. Pasa la lengua por sus labios, un gesto inconsciente que me provoca un escalofrío. —¿Una cena? —repite, como si necesitara procesar la información. —Una cena —confirmo—. Con postre incluido. Muy... especial. Vicente se inclina ligeramente hacia mí, su rodilla rozando la mía en un contacto aparentemente casual que enciende todas mis alarmas. —¿Y este postre... implica a ambos anfitriones? —pregunta con una audacia que me deja sin aliento. —Especialmente al anfitrión —respondo, pensando en Fabrice, en Fresita, en todo lo que podría pasar esta noche—. Tiene talentos... culinarios que te sorprenderían. Una sonrisa lenta, casi depredadora, se extiende por su rostro. Se pone de pie y me ofrece su mano para ayudarme a levantar, un gesto anticuado y encantador que acepto sin dudar. —En ese caso —dice, reteniéndome un segundo más de lo necesario—, sería una descortesía rechazar tan... suculenta invitación. Nuestros cuerpos están tan cerca que puedo sentir el calor que emana ...