1. Tres en la terraza: una jubilada insaciable


    Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... circulando, ¿no crees?
    
    Fabrice deja sus papeles y me observa con esa mirada que mezcla admiración y curiosidad científica.
    
    —Mon amour, si el ejercicio te mantiene así de espléndida, no seré yo quien cuestione tus métodos —dice, guiñándome un ojo—. Aunque ambos sabemos que no vas solo por las endorfinas del gimnasio.
    
    Me acerco y le doy un beso en la frente. Huele a loción de afeitar y a ese té verde que bebe religiosamente cada mañana.
    
    —¿Y si sale mal? —susurro, dejando caer por un momento la máscara de seguridad.
    
    —Entonces tendremos una anécdota divertida para contar en nuestras memorias —responde, apretando mi mano—. O mejor aún, le pediré a Fresita que intervenga. Nadie se resiste a sus encantos.
    
    Suelto una carcajada que disipa mis nervios. Este hombre, con su humor y su ternura, sigue siendo mi ancla después de tantos años.
    
    —Deséame suerte —digo, cogiendo mi bolsa de deporte.
    
    —Bonne chance, ma lionne —responde con ese acento que, incluso después de décadas en España, sigue siendo tan francés como la Torre Eiffel—. Ve a cazar a nuestro vecino.
    
    El gimnasio está casi vacío a esta hora. Los jóvenes aún duermen la resaca del viernes y los mayores prefieren el paseo matutino. Perfecto. Necesito espacio para mi operación «Seducción a los sesenta y pico».
    
    Me instalo en la máquina de remo, estratégicamente ubicada frente a la entrada. Si mis cálculos son correctos, y llevo semanas cronometrando sus rutinas como una espía aficionada, Vicente aparecerá ...
    ... en exactamente siete minutos.
    
    Mientras espero, pienso en la conversación de anoche con Fabrice. En cómo sus ojos se iluminaron al hablar de Fresita compartiendo espacio con nosotros y otro hombre. En cómo mi cuerpo respondió a esa imagen mental con un deseo que creía olvidado.
    
    Estoy tan absorta que casi no noto la puerta abriéndose. Casi.
    
    Vicente entra con esa presencia que parece llenar cualquier espacio sin esfuerzo. Camiseta negra, pantalones deportivos que no ocultan sus muslos fuertes, y esa barba entrecana perfectamente recortada que le da un aire de lobo solitario. Nuestras miradas se cruzan y siento un cosquilleo que me recorre desde la nuca hasta... bueno, más abajo.
    
    —Buenos días, Lali —saluda, acercándose con una sonrisa que debería ser ilegal a su edad—. Madrugando incluso en sábado.
    
    —El cuerpo no perdona las treguas —respondo, intensificando mis movimientos en el remo, consciente de cómo el ejercicio marca mis brazos y hace que mi respiración se acelere de forma sugerente.
    
    —Permíteme discrepar —dice, apoyándose en la máquina contigua—. Tu cuerpo parece muy generoso con las... concesiones.
    
    Su mirada recorre mi figura sin disimulo, deteniéndose en mis piernas, mi cintura, mi escote. No es una mirada lasciva, sino apreciativa, como quien contempla una obra de arte que le conmueve.
    
    —Los halagos no te llevarán a ninguna parte, Vicente —bromeo, aunque ambos sabemos que es mentira.
    
    —No son halagos si son verdades científicamente comprobables ...
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