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Tres en la terraza: una jubilada insaciable
Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... los hombres que han follado hasta la extenuación. Qué suerte la suya. Yo, en cambio, me quedo mirando al techo como si fuera una pantalla de cine donde se proyectan todas mis dudas. El reloj digital de la mesilla marca las 00:47, luego las 01:23, después las 02:15... Un desfile luminoso de números que me recuerdan que el tiempo pasa y yo sigo sin un maldito plan. «Déjamelo a mí», le he dicho a Fabrice con la seguridad de una generala planificando una invasión. Já. Y aquí estoy, dándole vueltas a cómo demonios voy a abordar a Vicente sin parecer una vieja desesperada o, peor aún, sin que salga corriendo cuando le expliquemos que mi marido quiere participar vestido de mujer. Me giro hacia Fabrice, que duerme con la placidez de un santo después de una jornada de milagros. Su respiración acompasada me provoca una mezcla de ternura y envidia. «Mírate», pienso, «tan tranquilo mientras yo monto un casting mental para un trío que podría acabar en desastre». Un cosquilleo traicionero se instala entre mis piernas cuando mi mente, rebelde y juguetona, comienza a proyectar imágenes: Vicente besándome mientras Fresita observa, luego los tres enredados en un baile de cuerpos donde las fronteras se difuminan. La excitación crece, humedeciendo mi sexo con una anticipación que me hace apretar los muslos. Pero el deseo no resuelve mi dilema. ¿Cómo le dices a tu vecino que quieres acostarte con él, pero en un paquete que incluye a tu marido travestido? No es exactamente una ...
... propuesta que puedas soltar mientras recoges el correo. Me río en silencio, tapándome la boca para no despertar a Fabrice. «Lali, la experta seductora», me burlo de mí misma. «La misma que le ha prometido a su marido un plan infalible y ahora no puede dormir porque su gran estrategia es... ninguna». El reloj marca las 03:07. Suspiro y cierro los ojos, decidida a dejar que el sueño me venza. Ya pensaré mañana. O quizás no piense en absoluto y simplemente actúe, que es como he resuelto la mayoría de los enredos de mi vida. A fin de cuentas, la espontaneidad siempre ha sido mi mejor aliada. Y con esa idea, me dejo llevar por el sueño, con una sonrisa en los labios y un hormigueo persistente entre las piernas que me recuerda que, plan o no plan, esta aventura apenas está comenzando. No tengo un plan, pero finjo que sí. Llevo toda la mañana frente al espejo ensayando sonrisas, como una adolescente antes de su primera cita. Ridículo. Tengo sesenta y cuatro años, he sobrevivido a una dictadura, tres crisis económicas y un divorcio. Y aquí estoy, preocupada por si mi top deportivo es demasiado revelador para «coincidir casualmente» con Vicente en el ascensor. —¿Estás segura de esto? —pregunta Fabrice desde la cama, donde repasa un artículo sobre Proust que publicó hace quince años en una revista académica que nadie leyó. —Por supuesto que no —respondo, ajustándome las mallas que abrazan mis muslos como una segunda piel—. Pero la incertidumbre es lo que mantiene la sangre ...