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Tres en la terraza: una jubilada insaciable
Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... que puede ser el serio profesor Fabrice y la seductora Fresita, que puede amar y compartir sin los celos mezquinos que atormentan a tantos... este hombre me sigue sorprendiendo después de tantos años. —Te quiero —le digo simplemente, las palabras saliendo de mí como agua de un manantial. Sus ojos se humedecen ligeramente, y por un momento veo a Fabrice completamente, sin filtros, sin máscaras. —Je t'aime aussi, mon coeur —responde, su acento francés más marcado por la emoción. Vicente nos observa con una mezcla de respeto y deseo, como si estuviera presenciando algo sagrado y profano a la vez. Se acerca a mí lentamente, sus movimientos deliberados, casi reverentes. —¿Puedo? —pregunta, sus ojos buscando permiso en los míos. Asiento, incapaz de formar palabras coherentes. Mi cuerpo entero vibra de anticipación, cada nervio alerta, cada poro de mi piel sensibilizado por el deseo contenido durante tanto tiempo. Vicente se coloca sobre mí, sus brazos fuertes a cada lado de mi cabeza, creando un refugio íntimo donde solo existimos él y yo. Pero siento la presencia de Fresita cerca, observando, participando a su manera en esta danza a tres bandas. —Déjame verte —susurra Fresita, acomodándose a un lado de la cama, sus ojos brillantes de excitación—. Déjame ver cómo te hace florecer. Vicente baja su rostro hacia el mío, y cuando nuestros labios se encuentran, es como si un circuito se cerrara. Su beso es hambriento pero controlado, el beso de un hombre que ...
... sabe exactamente lo que quiere pero se toma su tiempo para saborearlo. Sus manos recorren mis costados, mis caderas, mis muslos, con una mezcla perfecta de firmeza y delicadeza. «Madre mía, este hombre sabe lo que hace. Joder, joder, joder. Cinco años... cinco putos años esperando algo así» Siento su erección presionando contra mi entrada, dura y caliente incluso a través de la tela de su slip verde lima. Mis caderas se elevan instintivamente, buscando más contacto, más fricción, más de todo. —Paciencia —murmura contra mis labios, y puedo sentir su sonrisa—. Tenemos toda la noche. —Cinco años, Vicente —jadeo, mis uñas clavándose ligeramente en sus hombros—. He tenido suficiente paciencia para toda una vida. Su risa grave vibra contra mi pecho, y esa vibración desciende por mi cuerpo como una onda expansiva de placer. Se incorpora ligeramente, sus manos dirigiéndose al borde de mis bragas. —Permíteme, entonces —dice, deslizando la prenda por mis piernas con una lentitud deliberada que me hace morder mi labio inferior para no suplicar. Cuando finalmente estoy desnuda ante él, ante ambos, siento una mezcla contradictoria de vulnerabilidad y poder. Soy consciente de cada arruga, cada marca que el tiempo ha dejado en mi cuerpo, pero también de la forma en que sus ojos me devoran, del deseo genuino que veo en sus miradas. Vicente se quita su slip verde lima, liberando una erección que me deja momentáneamente sin aliento. Es hermoso, grande, la punta brillante ...