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Tres en la terraza: una jubilada insaciable
Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... de humedad, y cuando lo veo, un gemido involuntario escapa de mis labios. —Mon Dieu —susurra Fresita, sus ojos fijos en el miembro de Vicente—. Es magnífico. Vicente sonríe, complacido por nuestra reacción. Se coloca entre mis piernas, separándolas con suavidad pero firmeza. Siento su calor, su dureza rozando mi entrada, y cierro los ojos, preparándome para lo que viene. —Mírame —pide, su voz un susurro ronco. Abro los ojos y me encuentro con su mirada, intensa, casi feroz en su concentración. Lentamente, con una deliberación que me vuelve loca, comienza a entrar en mí. La sensación es abrumadora: el estiramiento delicioso, la plenitud gradual, el placer mezclado con un ligero dolor que solo intensifica la experiencia. —Dios... —jadeo, mis manos aferrándose a sus brazos como si fueran mi único ancla en un mar de sensaciones. —Estás tan apretada —murmura, su voz tensa por el esfuerzo de contenerse—. Tan caliente... Siento la mano de Fresita en mi cabello, acariciándome con ternura mientras Vicente continúa adentrándose en mí, centímetro a centímetro, con una paciencia que parece sobrehumana. —Eres preciosa así —dice Fresita, su voz un murmullo cálido cerca de mi oído—. Abierta, entregada, brillando de placer. Cuando Vicente está completamente dentro de mí, ambos nos quedamos inmóviles por un momento, adaptándonos a la sensación, saboreando la conexión. Puedo sentir cada latido de su corazón a través de su miembro pulsando dentro de mí, y es tan ...
... íntimo, tan intenso, que me siento al borde de las lágrimas. —¿Estás bien? —pregunta, sus ojos buscando los míos con genuina preocupación. —Mejor que bien —respondo, con una sonrisa que siento nacer desde lo más profundo de mi ser—. Perfecta. Y entonces comienza a moverse. Al principio son embestidas lentas, controladas, como si estuviera aprendiendo el mapa de mi cuerpo, descubriendo qué me hace gemir, qué me hace arquearme bajo él. Pero pronto encuentra un ritmo que me hace perder la cabeza, un vaivén perfecto que golpea exactamente donde necesito. Fresita observa, sus ojos brillantes de excitación, su mano ocasionalmente acariciando mi rostro, mi pecho, o el hombro de Vicente. Es como si nos estuviera bendiciendo, dándonos permiso para perdernos el uno en el otro mientras él disfruta del espectáculo. —Más fuerte —pido, mi voz apenas reconocible para mí misma—. Por favor... Vicente gruñe, un sonido primitivo que reverbera a través de mí como un trueno. Sus embestidas se vuelven más profundas, más intensas, y cada una me acerca más al borde de un precipicio que llevo demasiado tiempo sin visitar. —Así,ma chérie —anima Fresita, su voz un susurro excitado—. Déjate ir. Déjanos verte. —Más, Vicente —jadea Fresita, su voz temblando de excitación mientras nos observa—. Fóllala más fuerte. Quiero ver cómo... cómo la haces gritar. Vicente aprieta la mandíbula, sus músculos tensándose visiblemente bajo su piel bronceada. —Si voy más fuerte —advierte, su voz ...