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Tres en la terraza: una jubilada insaciable
Fecha: 26/08/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... necesidad, otros por placer— pero ninguno se acerca a la dedicación casi académica con la que mi profesor se entrega a esta tarea» Sus dedos, largos y elegantes, se deslizan por mis muslos, jugando con el borde de mis braguitas deportivas. Las retira con una lentitud deliberada, arrodillándose frente a mí con la reverencia de quien se dispone a leer un texto sagrado. —Qué hermosa eres, Lali —murmura, besando el interior de mi muslo izquierdo—. Toda tú, una obra de arte viviente. —No... no exageres —consigo articular, mientras sus labios ascienden peligrosamente. —Jamais —responde contra mi piel—. Un profesor nunca miente sobre las obras maestras. Intento responder con alguna broma, mantener ese tono ligero que nos caracteriza, pero sus labios encuentran ese punto exacto en la unión de mi cadera y mi ingle que me hace perder el hilo de cualquier pensamiento. —Fabrice... —mi voz sale entrecortada, casi suplicante. —Shhh —me silencia, sus manos separando mis piernas con delicadeza—. Déjame adorarte como mereces. Y entonces su boca está sobre mí, su lengua trazando patrones que solo él conoce, alternando entre la suavidad más exquisita y la presión más precisa. Cierro los ojos, abandonándome a la sensación. El contraste entre la brisa nocturna en mi piel y el calor húmedo de su boca es casi insoportable. —Dios... cómo... —las palabras se me atrancan en la garganta cuando intensifica el ritmo. —¿Te gusta? —pregunta, su voz amortiguada contra mi ...
... sexo, las vibraciones añadiendo otra capa de placer. —S-sí... no pares... por favor... «Es increíble cómoeste hombre, que puede pasarse horas hablando de libros y cosas complicadas, pone el mismo empeño en conocer cada rincón de mi cuerpo. Sabe exactamente qué hacer para hacerme temblar y llevarme al límite.» Él intensifica sus movimientos, sus manos sujetando firmemente mis caderas, manteniéndome en el lugar perfecto. El placer estalla dentro de mí, arrancándome un gemido que probablemente se escuche en todo el edificio. Mis muslos fuertes se cierran sobre su cabeza como un cascanueces humano, atrapándole en el apogeo de mi éxtasis. Todo mi cuerpo se tensa, se arquea, y luego se derrite como cera caliente. Cuando abro los ojos, Fabrice me mira con una sonrisa satisfecha y limpia discretamente su boca con el dorso de la mano. Hay un orgullo casi infantil en su expresión. —Oh la vache !, Lali, ¡tanto gimnasio va a acabar asfixiándome! —bromea, masajeándose teatralmente el cuello—. Aunque, la verdad, no se me ocurre una muerte más dulce. —Voy a por más vino —anuncia, poniéndose de pie con un movimiento fluido que desmiente su edad—. Creo que ambos lo merecemos. Mientras desaparece en la cocina, me acomodo en la silla, sintiendo esa languidez deliciosa post-orgásmica extenderse por mi cuerpo. «Quién diría que después de tantos años juntos, este hombre todavía puede hacerme ver las estrellas con solo su boca. Y pensar que hay mujeres que se conforman con ...