1. Buscando un voyeur


    Fecha: 09/10/2026, Categorías: Voyerismo Autor: Auster, Fuente: CuentoRelatos

    ... duda, en este momento es ya mi cuerpo quien lleva las riendas, y solamente pasa como una sombra por mi mente que en el fondo me excita el exhibirme impúdico, el compartir el olor y los sonidos: el ruido del somier, los golpes de nuestra piel en las acometidas, los murmullos húmedos cuando me retiro de ella, sus jadeos en algún momento, tantos sonidos que otras veces he robado de desconocidos en las soledades de mis noches de hotel, cuando, con una oreja pegada al tabique, escuchaba las parejas de la habitación de al lado.
    
    Ella empieza a gemir, en un crescendo continuo, vez tras vez, tanto que me pregunto si es natural o no. Porque ella no suele ser tan expansiva. Le veo a el de refilón, sin perder la compostura, sus ojos clavados en nosotros, no como un todo, no como decía el en su carta: “Reposar, observar la reacción de cada uno, como se recompone la imagen, el maquillaje, la luz sobre vuestros cuerpos, el reflejo de vuestros ojos…”, no, en este momento están sus ojos recorriendo nuestras piernas, dejando casi un rastro en ellas, llegando, perforantes, a fijarse entre ellas, no perdiendo ni un instante de la acción, recogiendo el brillo de nuestros cuerpos en sus pupilas.
    
    Y respecto a brillar, estamos esplendorosos, jóvenes, enamorados, bañados en sudor, disfrutando de nosotros, de estar allí, juntos, queriéndonos. Nos olvidamos ya de todo, o al menos yo me olvido cuando ella decide que es el momento de terminar. Con una caricia experta, en el momento adecuado, logra ...
    ... que mi placer, siempre más corto, más epidérmico, más brusco, se entrelace con el suyo, continúe a la misma cadencia, acelerando en determinados momentos, retardando en otros, en una espiral de la que solo saldremos exhaustos.
    
    Ya no existe nadie más que nosotros, que nuestro cuerpo, ya no somos conscientes de nada más que del tacto de nuestra piel al fundirse en la del otro, de las pulsiones combinadas de nuestros cuerpos, incapaces de separar nuestra sensibilidad. Sé, siento lo mismo que siente ella cuando la acaricio, ahí, en el hueco que existe entre sus piernas, sabe ella, a través de mí, lo que es estar dentro de una mujer, lo que nota mi cuerpo cuando estoy en ella. Sabe ella, se yo, lo que tenemos que hacer para terminar, qué movimiento hacer, que caricia. Y lo hacemos. Terminamos en un suspiro de alegría, casi un sollozo, y permanecemos un tiempo infinito el uno en el otro, recuperando el sentido, los sentidos, los sentimientos.
    
    Cuando nos recuperamos el Sr. Corominas sigue ahí, ya reclinado hacia el respaldo de su silla, con su chaqueta y su pajarita. Solo le falta encender un cigarrillo.
    
    Nos preguntamos si se va a marchar, dejarnos solos en la intimidad de los momentos de después del amor, pero no, no parece decidido a marcharse. Me arranco de ella, mojado aún, con un sonido del que me avergüenzo un poco. Ella sonríe, pícara. Él sonríe también, es difícil mantener el acuerdo de transparencia. Su sonrisa le transforma en el gato de Cheshire, y no puedo por ...
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