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Lo Que Ella Sabe 2
Fecha: 17/10/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: Ariadna Apodidomi, Fuente: TodoRelatos
... va a poder hacerlo. Es un dolor que no pide consuelo, sino espacio. Como si lo único urgente fuera proteger esa fragilidad que anuncia una forma distinta de existir. “Eres la versión de ti misma que ha sobrevivido al deseo y ha decidido quedarse.” – Le susurro, él, mientras abría su culo. Mientras se hincaba en su sexo. Durante todo el tiempo que estuvo en ella. Lía vuelve a ella, con esa calma tan suya. Respira tres veces y deja el Satisfyer de nuevo en su sitio: En el cajón de su mesilla que es el lugar que ha decidido su dueño para que siempre esté el dichoso aparatito. “Sólo debo utilizarlo cuando me den permiso”- se dice como una buena alumna mientras cierra el cajón. Tras unos segundos de ensimismamiento, vuelve a su móvil y a los recuerdos fragmentados de su vivencia, de su enseñanza. Ahora es una criatura hecha de verdad y deseo. De vulnerabilidad afilada. A veces tiene miedo. Porque lo nuevo, a veces da miedo, incluso cuando esa novedad es porpia puede dar vértigo. Puede parecer demasiado. Demasiado real. Sin embargo, percibe algo dulce en ese vértigo. Como quien se sabe al comienzo de un relato que todavía no entiende, pero ya ha empezado a escribir con el cuerpo. No es una Lía nueva. Es una Lía ampliada. Ensanchada por dentro. Como si en su vientre psíquico hubiera estallado una fisura lenta, y por esa hendidura se hubiera deslizado algo. Lía cierra los ojos y no se imagina el futuro. El calor del cubre almohada que tiene bajo su vientre comienza a ...
... molestarle. Una presión tibia entre su sexo y su orgasmo contenido le obliga moverse. Lía se incorporaba lentamente, como si moverse fuera un esfuerzo no recomendado para su piel marcada y dolorida. Camina descalza, con lentitud, hasta el espejo. Frente a él, Lía se desnuda completamente. Baja el tanga hasta los tobillos y su coño afeitado queda reflejado sobre el cristal. Su cuerpo aún está sonrosado en ciertos lugares. Unas marcas en el muslo. Un morado en la nalga. Una rojez en el pecho derecho, cerca del pezón. Hace un esfuerzo. Trata de encontrar en su memoria el instante concreto en que se produjo cada una de esas marcas. El recuerdo no llega de golpe, sino como una corriente leve. Fragmentos. No sabe si son imágenes de lo que ha ocurrido o invenciones de su cuerpo, soñadas en mitad de la entrega. Pero están allí: Un telón de fondo oscuro. Luces tenues. Ella subida a una tarima —o eso parecía—, con una tela brillante cubriéndola. Su boca roja, su pecho amarrado por cuerdas de cáñamo, unos dedos de hombre que se mueven entre los labios de su sexo. La voz de él, como salida de una gruta, contando cada uno de los azotes que está recibiendo. Un gemido suelto, no de ella, no de él, pero de alguien más. Una respiración desbocada. El sonido del látigo sobre su piel o tal vez no, porque no recuerda el dolor. Una mirada de una mujer mientras se pierde en su clímax. Y él. Siempre él. Cerca de ella, acariciándola, atándola, azotándola, atravesándola, besándola. Todo sucede ...