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La mal cogida
Fecha: 17/04/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: Elgeralex, Fuente: RelatosEroticos-Gratis
... en voz baja. —Santiago… Santiago… Me vine imaginando sus manos en mis caderas. Su pene dentro de mí. Su boca en mis pechos. Cuando salí de la ducha, Diego ya roncaba. Me sequé el cabello lentamente, me puse el hilo negro que pensaba usar al día siguiente, y me acosté a su lado sin tocarlo. Mañana, me dije. Mañana. --- 12. La fiesta de fin de año El salón estaba en un hotel de Polanco. Luces tenues, mesas con manteles blancos, una pista de baile, una barra libre. Los de la oficina estábamos todos: los vendedores, los administrativos, los gerentes. Yo llevaba el vestido que había elegido con días de anticipación: negro, ceñido, con un escote que dejaba ver mis pechos y una abertura lateral que llegaba hasta la cadera. Debajo, el hilo negro. Nada más. Santiago llegó tarde. Me di cuenta porque sentí un cambio en el aire. Alguien dijo su nombre y yo levanté la vista. Vestía traje oscuro, camisa blanca, sin corbata. Sus ojos me buscaron entre la gente. Cuando me encontraron, se quedaron fijos. No sonreímos. No hizo falta. Pasé la primera hora fingiendo conversaciones, bebiendo vino tinto, riendo con mis compañeras. Pero mi cuerpo estaba todo para él. Cada vez que me movía, sentía el roce del vestido contra mis pezones erectos. Cada vez que cruzaba las piernas, el hilo se ajustaba. A eso de las diez, Santiago se acercó a la barra. Yo también. Nos encontramos frente al bartender. —¿Qué tomas? —preguntó, como si no lo supiera. —Lo mismo que ...
... tú. —Whisky entonces. Mientras el bartender servía, su mano rozó la mía sobre la barra. Un roce eléctrico. No dijo nada más. Se alejó con su copa. Yo me quedé temblando. A las diez y media empezaron a bailar. Santiago bailó con una compañera, luego con otra. Yo bailé con el gerente, con un par de vendedores. Pero mis ojos no dejaban de buscarlo. Cada vez que lo miraba, él me miraba de vuelta. A las once menos diez, me excusé. "Voy al baño", dije. Caminé hacia el fondo del salón, donde estaban los baños. Entré al de mujeres. Había dos cubículos. Me metí al último. Cerré la puerta con seguro. Me apoyé contra la pared y esperé. El corazón me latía en la garganta. Las manos me sudaban. El hilo se me había pegado a la entrepierna de lo mojada que estaba. Pasó un minuto. Dos. Tres. Toqué, toque. La puerta del baño se abrió. —¿Valentina? —su voz, baja. —Aquí. Oí sus pasos. Se detuvo frente a mi cubículo. La puerta no tenía cerradura por fuera, pero él metió una moneda y la giró. La puerta se abrió. Estaba allí. Traje oscuro. Camisa blanca. Ojos negros. Erección evidente. Entró. Cerró con seguro. El cubículo era pequeño. Mis pechos casi tocaban su pecho. Olía a whisky y a hombre limpio. —¿Estás segura? —preguntó. —Nunca estuve más segura de nada. Me besó. No fue un beso suave. Fue un beso de hambre, de semanas acumuladas, de miradas y roces y mensajes prohibidos. Su lengua entró en mi boca y yo gemí. Sus manos bajaron a mis nalgas, ...