1. La mal cogida


    Fecha: 17/04/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: Elgeralex, Fuente: RelatosEroticos-Gratis

    ... las apretaron, me levantaron el vestido.
    
    —Dios mío —murmuró al ver el hilo negro—. Todo el día con esto.
    
    —Todo el día pensando en ti.
    
    Me dio la vuelta, me pegó contra la puerta del cubículo. Bajó el hilo hasta mis rodillas. Oí el sonido de su cierre bajándose. Luego sentí su pene, caliente, duro, enorme, rozando mi raja.
    
    —Quiero oírte —dijo—. Aunque nos oigan.
    
    Y entró.
    
    Un solo empujón. Lleno. Completo. Yo ahogué un grito contra mi propia mano. Él comenzó a moverse, lento al principio, luego más rápido. Una mano en mi cadera, la otra tapándome la boca —no para que no gritara, sino para que el ruido no fuera tan evidente.
    
    —Eres mía —susurró en mi oído—. Esta noche eres mía.
    
    Me vine en menos de un minuto. Un orgasmo que me sacudió entera, que me hizo doblar las rodillas, que me dejó sin aire. Pero él no paró. Siguió moviéndose, profundo, constante, mientras yo me aferraba a la puerta con las uñas.
    
    —Otra vez —pidió.
    
    —No puedo…
    
    —Sí puedes.
    
    Y me hizo venir otra vez. Y otra. Perdí la cuenta. En algún momento me di la vuelta, lo enfrenté, me subí a él —con la espalda contra la pared, sus manos sosteniendo mis nalgas— y cabalgué sobre su pene como una animal en celo.
    
    —Mírame —ordené—. Mírame mientras me vengo.
    
    Me miró. Y me vine. Y él se vino dentro de mí, con un gemido ronco, enterrando la cara en mi cuello.
    
    Nos quedamos así un rato, pegados, sudorosos, temblando. La música del salón llegaba amortiguada.
    
    —Eso fue… —empecé a ...
    ... decir.
    
    —Solo el principio —me interrumpió—. Esto no termina aquí.
    
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    13. La camioneta
    
    Salimos del baño por separado. Él primero. Yo cinco minutos después. Me lavé la cara, me arreglé el vestido, me subí el hilo —aunque estaba tan mojado que ya no servía de nada—. Me miré al espejo: labios hinchados, mejillas coloradas, ojos de loca.
    
    Pareces una putita, me dije.
    
    Lo soy, respondí.
    
    En el salón, la fiesta seguía. Nadie notó nada. O tal vez sí, pero nadie dijo nada. Santiago estaba en la barra, conversando con el gerente. Me miró por encima del hombro y sonrió. Una sonrisa cómplice.
    
    A la una de la mañana, me despedí. "Me duele la cabeza", mentí. Santiago dijo que él también se iba.
    
    En el estacionamiento, caminé hacia mi coche. Pero él me tomó del brazo.
    
    —No. Ven conmigo.
    
    Su camioneta era grande, oscura, con vidrios polarizados. Subí al asiento del copiloto. Él arrancó, salió del estacionamiento, manejó unas cuadras. Se detuvo en una calle oscura, entre árboles. Apagó el motor.
    
    —Bájate el vestido —dijo.
    
    —¿Aquí?
    
    —Aquí.
    
    Me bajé el escote. Mis pechos quedaron al aire. Los pezones duros, erectos. Él se inclinó y los chupó, uno por uno, lento, con lengua, con dientes suaves. Yo me recosté en el asiento, gimiendo.
    
    —Ahora tú —dije, y bajé su cierre.
    
    Su pene estaba duro otra vez. Lo tomé en la boca. Me supo a mí, a nosotros, a sexo reciente. Él gimió, puso una mano en mi cabeza, no me empujó —me guió.
    
    —Así —susurró—. Así, putita.
    
    Cuando iba a ...
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