1. Infiel por mi culpa. Puta por obligación (41)


    Fecha: 11/05/2024, Categorías: Grandes Relatos, Autor: DestinyWarrior, Fuente: CuentoRelatos

    ... comprendo que te perdí. Solo hablaba de un sueño, de una ilusión.
    
    —El querer trabajar no fue el problema, Mariana. Fue por acatar una ridícula solicitud, por una demostración de poderío precoz y casi adolescente, que cometiste ese desliz posterior y que, fue convenientemente filmado por un Judas Iscariote, que nos engañó a los dos, y que se convirtió en tu obligada perdición y en el calvario de nuestra relación. —Me habla mientras abotona el tercer botón de su camisa.
    
    —Quiero que sepas que a pesar de todo no te odio y que jamás he tenido la intención de hacerte daño. Solo tuve miedo Mariana. Temor de explotar como un energúmeno al saber de tu engaño, y hacer estupideces, lastimándote y de paso, perjudicando la imagen de padre amoroso que tiene Mateo de mí. —Ahora va por el cuarto, pero me mira a los ojos.
    
    —Al principio claro que pensé, imagine y te visualice teniendo sexo con ese malparido. Me asqueé. Pero luego eso pasó a un segundo plano cuando… Recordé las últimas semanas, ¿sabes? Tus viajes tan seguidos y tus llegadas tarde. Las apresuradas caricias para calmar mi enojo y las frases… Tu frase favorita para minimizar mis reclamos. Tu cuerpo «compartido» como dices, –y entrecomillo la palabra para dejárselo bien claro– pasó a un segundo plano. Lo importante para mí era el sentimiento, tu amor y mi confianza. Y eso fue lo que me impulso a marcharme. Ya te había perdido físicamente, así que pensé, que sentimentalmente también había sucedido. Sobraba claramente en tu ...
    ... vida, necesitabas un espacio para entregárselo a él. Y me fui. —Termina con el quinto, se sacude las mangas y se revisa el bolsillo donde se alcanza a ver todavía la mancha.
    
    —Interiormente, algo se venía desprendiendo, dividiéndose desde hacía varios días en mi alma con tus comportamientos, –y ese viaje tan de repente, con un cliente especial a Cartagena– como si tuviera una emisora de radio dentro de mi cerebro, pero que, al girar el dial, sin encontrar la frecuencia deseada, solo podía escuchar entre el ruido de fondo, una especie de susurros, como advirtiéndome sobre mis desdichas. —Recoge su gorra y se la coloca. El bolso igualmente se lo tercia sobre el pecho.
    
    —¿Y sabes? Ni siquiera me sentí abatido por tener que dejar que otros construyeran mi sueño de edificar el hotel eco sustentable, y más bien me empecé a angustiar por ti y por cómo te lo habrías tomado. Te llamé varias veces, pero no contestaste. Tampoco lo hizo Eduardo y me preocupé en verdad. Con mi idea dibujada en mis planos enrollados en tres tubos, el portátil bajo el brazo y la buena indemnización firmada y guardada en el bolsillo interior de mi camisa, me despedí agradecido, pero con rapidez, de la gente que trabajó a mi lado y con Liz llorando desconsolada. Y salí corriendo hacia el ascensor para bajar al sótano, salir como volador sin palo en la camioneta, y empezar a buscarte para consolarnos mutuamente.
    
    —«¡Yo soy la verdad, que permanece en los labios que dicen a los cuatro vientos que me han ...