Mi hermana siempre estuvo más buena que yo
Fecha: 27/08/2025,
Categorías:
Infidelidad
Autor: fernan, Fuente: TodoRelatos
... cogido.
El que estaba echando un ojo era Guille, pero no era cuestión de explicárselo al profano en el hogar de las hermanas Macis.
–Pensaba que sólo le interesaba mi hermana.
–La interesante eres tú, Clara. Tan retorcida, tan torturada…
Tortura la que me diste tú el otro día en el dispensario, pensé. Pero evité verbalizarlo.
–Bueno no fue exactamente así –y me tendió sus gafas–. A veces los médicos jóvenes necesitamos pequeños trucos para que los pacientes confíen en nosotros, Clara.
Miré a través de las gafas. ¡Eran vidrios sin graduación!
–Pero, pero… entonces no… no te confundiste… entonces.
–Entonces me follé a la hermana interesante –y sonrió con un punto de maldad pícara.
Todo aquel tiempo pensando que yo manipulaba a Mario Lorenzo y en realidad…
–Pero yo… mis gafas…
–Tus gafas me encantan, Clara.
Yo hablaba y hablaba y el doctor miraba y miraba mientras el sudor le caía por el cuello. Me incliné un poco me volví para devolverle sus anteojos fake y el doctor quedó detrás mío. No pude verlo pero Guillermo sí y estaba segura que el doctor fue a ponerme una mano en mi culo y se frenó en el último segundo. El muy salido había gozado el otro día y ahora venía por más.
Me volví hacia él y me desabroché ligeramente la rebeca, bajo la cual no llevaba sujetador ninguno. Mi escote se mostraba ahora en todo su esplendor. Pasé mis manos de arriba abajo. Total, como en los concursos de la tele, habíamos venido a jugar.
–¿Lo ve, doctor? Mi ...
... pecho está perfectamente. Es mi hermana la que tiene problemas.
–Es mejor descartar factores genéticos.
–¿No estará usted aprovechándose, doctor? –le inquirí con una falsa ingenuidad que no buscaba respuesta verbal, sino motora, y no en la lengua del galeno sino en un músculo situado bastante más abajo. Y volví a darle la espalda en un gesto de falso candor.
Mario Lorenzo tocó aquellos pechos desde detrás. La nariz, contra mi nuca, le palpitaba de excitación. Pero yo parecía ajena a aquel manojo de nervios y sufrimiento y seguía haciendo morritos con mis labios gruesos y seductores.
–¡Ay! ¡Cómo duelen!
Me los cogía por encima de la chaquetilla de lana, con fuerza, estrujándomelos como un niño zampabollos que llega a la fiesta con hambre atrasada. Intenté que bajase un brazo pero sin mucha convicción. Más por lo que pudiera estar contemplando Guille a hurtadillas que por que me disgustase el apretón, tal vez brusco, sí, pero sin duda inesperadamente placentero.
Volví a intentar zafarme de su perverso abrazo pero solo logré que mi indefenso culito topase con su protuberante minga, palpitando bajo sus pantalones.
–Doctor, creo que se está usted propasando con la excusa de darme un repaso –de nuevo mi tono era deliberadamente ambiguo, ingenua pero insinuante, sorprendida a la vez que abierta a dejarme llevar.
–Creo que será mejor que me vaya, Clara –y se separó de mí como si le hubiesen aplicado una descarga eléctrica.
–A veces parece usted un médico del ...