1. Unos vecinos influencers 7. LA CENA


    Fecha: 16/02/2026, Categorías: Infidelidad Autor: LuzOscura90, Fuente: TodoRelatos

    ... algo sexy —susurró, el aliento rozándome la oreja—. Algo que haga que el wasabi no sea lo único que arde esta noche.
    
    Alex tosió, incómodo o excitado, no sabría decir. Pero cuando nuestros ojos se encontraron, hubo un instante de silencio cómplice. ¿En qué demonios nos hemos metido?
    
    Teddy nos acompañó hasta la puerta, descalzo, las manos en los bolsillos, como si no tuviera nada mejor que hacer que vernos marchar.
    
    —No lleguéis tarde —advirtió, pasando la lengua por el labio inferior—. O empezaré sin vosotros.
    
    Alex y yo cruzamos el jardín en silencio, el peso de lo no dicho aplastándonos. Fue solo cuando el portón se cerró a nuestras espaldas que mi hijo habló:
    
    —Papá… —su voz era extrañamente seria—. ¿Estás seguro de esto?
    
    Miré hacia la casa de Teddy, donde las luces del salón aún brillaban, cálidas y peligrosas.
    
    —No —admití, metiendo la mano en el bolsillo y sintiendo cómo el móvil ardía contra mi muslo, como si ya supiera lo que vendría después—. Pero eso es lo divertido.
    
    Alex asintió, lento, como si acabara de entender algo profundo y retorcido.
    
    —Voy a buscar esa foto —murmuró, y había algo en su tono que no supe descifrar. ¿Emoción? ¿Culpa? ¿O simplemente morbo?
    
    No respondí. Porque en algún lugar oscuro de mi mente, más allá de la razón, ya estaba imaginando a Clara… vestida como Teddy quería.
    
    Y lo peor de todo es que no podía esperar a verlo.
    
    Estaba sentado en el sofá del salón, con una copa de vino en la mano que ya ni siquiera me ...
    ... apetecía. La televisión estaba encendida, pero no veía nada. El reloj, en cambio, no paraba de hablarme. Lo miré otra vez: 21:30.
    
    Inspiré hondo, dejando salir el aire con ese suspiro resignado que todo marido casado desde hace más de diez años ha soltado alguna vez. Me levanté del sofá y, con la voz más paciente que me quedaba —que no era mucha—, le grité hacia la escalera:
    
    —¿Te queda mucho?
    
    Desde arriba, como una reina encerrada en su torre, la voz de Clara descendió con un eco musical:
    
    —¡Dos minutos y bajo!
    
    Dos minutos. Siempre eran dos minutos. Dos minutos eternos, que se estiraban como chicle, como si el tiempo se doblara a voluntad de su espejo y su maldito iluminador de mejillas.
    
    —Quedamos con los vecinos a las nueve, Clara. Son las nueve y media. Nos van a matar —dije, no ya con prisa, sino con ese tono de súplica que uno reserva para momentos de real peligro diplomático. Porque cuando una pareja llega tarde a su primera cena con los nuevos vecinos, eso no es solo llegar tarde… es declarar la guerra.
    
    Volví a sentarme. Apuré el vino. Y mientras oía los pasos de mi mujer sobre el parqué del piso de arriba, me pregunté —no por primera vez— cómo podía alguien tardar cuarenta minutos en decidir entre dos vestidos que ya se había probado ayer. Aunque claro, el problema no era el vestido, ni el maquillaje. Era esa maldita necesidad de estar perfecta. A veces tenía la sensación de que Clara se vestía más para ella o para Teddy que para mí.
    
    El timbre sonó ...
«12...91011...32»